Vaqueros, rock e internet: tener 20 años en Irán

Artículo publicado el 1 de Abril de 2009
Artículo publicado el 1 de Abril de 2009
El 1 de abril es fiesta nacional en Irán en honor de la república islámica. 30 años después de su revolución, un impopular gobierno se defiende de nuevo ante una juventud descontenta. Sin embargo, la resistencia iraní contra el propio régimen cuenta solo con algunas tácticas pero con ninguna estrategia. Radiografía de la situación

El dibujo que Schirin Germez lanza con un rápido movimiento sobre una pequeña mesa de un café lleno de humo en Isfahan apenas ocupa una servilleta. El bosquejo, rodeado por amenazadores trazos de tinta, muestra una mujer desnuda que lanza una mirada asustada hacia sus espectadores. La negrura de su contorno toma posesión del cuerpo de la mujer. Solo un luminoso cuadrado rojo en el medio de su cuerpo, protegido por dos manos plegadas, detiene la oscuridad. “Esto no me lo pueden quitar”, dice la joven actriz al trazar el cuadrado mientras aplasta un cigarrillo con la otra mano. “Pero esto no lo puedo mostrar jamás en este país”.

©looking4poetry/flickrEl miedo al propio gobierno, que Schirin Germez niega ante un extranjero de paso por el país, es palpable en muchas ciudades de Irán. El mandato del presidente reformista Jatamí (1997 – 2005) estuvo marcado por la esperanza de cambios, pero desde la victoria de la élite conservadora, liderada por Jameini y Ahmadineyad, ha extendido la decepción entre la juventud urbana, que a menudo mira hacia Occidente. Algunos de ellos luchan por una sociedad liberal, como los estudiantes de Medicina de la Universidad de Schira, que se oponen a la planificada separación de hombres y mujeres en las aulas. Sin embargo, la mayoría se ha resignado. No creen que esta República se pueda cambiar.

Peluquería revolucionaria

Por eso, los jóvenes pertenecientes a la clase media iraní se han enzarzado en un arriesgado juego del ratón y el gato con el régimen, que impregna el espacio público con símbolos de resistencia. Las mujeres echan para atrás sus velos, hasta que la policía interviene y lleva a cabo duros controles. Peinados y vestimentas extravagantes predominan en algunos barrios de Teherán de tal modo que, tras un rápido vistazo, se podría pensar que uno está en Tokio o Londres. Sin embargo, el poder estatal también interviene aquí rápido e impone el autodenominado orden de vestimenta islamista.

(kamshots/flickr)Incluso los peluqueros son obligados a regirse en su trabajo, no por los deseos de los clientes, sino según las concepciones del gobierno. Muchos dueños de peluquerías colocan las obligatorias fotos de los imanes Jomeini y Jameini, no sobre la puerta o al lado de la caja, sino sobre las estanterías, que, “por desgracia”, están repletas y así tapan la mirada del líder de la eterna Revolución Islámica. A eso hay que añadirle el consumo de drogas y música occidental, y la rupurta de la estricta moral sexual en las subculturas juveniles. Todo ello es arriesgado, pero, por eso mismo, también más tentador.

Pero, ¿cómo de efectivas pueden ser estas tácticas de una oposición simbólica dentro de un Estado represivo? Y, ¿tiene esta resistencia realmente motivaciones políticas o hasta qué punto se nutre del deseo hedonista de los jóvenes iranís de individualidad y otros privilegios de la modernidad? “¡En un Estado teocrático, el hedonismo ya es una forma de oposición política!”, afirma Hashem Vali, un ingeniero informático de Teherán que ha vivido muchos años en Gran Bretaña. “Mi generación propagó abiertamente la agitación contra el régimen, pero tuvimos que emigrar y los que no lo hicieron fueron enviados al frente como carne de cañón durante la primera guerra del Golfo. Las armas de la actual generación son pantalones vaqueros, la música rock e Internet”.

Gorras de béisbol contra el régimen

Hashem expresa con ello la esperanza de cambios, que tiene su base en los datos demográficos. La edad media de la población iraní es de 25,8 años, y el gobierno religioso solo seduce a una pequeña parte de los 25 millones de ciudadanos menores de 30 años con su riguroso estilo de vida. “Sin embargo, no estoy seguro de que llevar gorras de béisbol vaya a provocar el final del régimen”, añade Hashem.

En las mezquitas de los barrios acomodados de Teherán, este viajero descubre otro símbolo de la oposición: a menudo están vacías. Incluso las tardes de los viernes, solo se llenan con algunos creyentes mayores, mientras los jóvenes prefieren ir en moto y disfrutar de la tarde veraniega.

(Hamed Saber/flickr)

Los mulás son los blancos preferidos de la rabia: son ridiculizados con chistes e incluso parece haber un código de honor entre los conductores de taxi de Teherán que prohíbe recoger a mulás. La forma más radical de rechazo la representa la conversión al antiguo zoroastrismo persa o al cristianismo. El número de convertidos clandestinos solo es estimable, pero incluso los expertos más prudentes afirman que son miles las personas, sobre todo jóvenes iranís, que han dado ese paso durante los últimos años. El régimen también ha reconocido en ese fenómeno un amenazante potencial agitador, y la última primavera optó por el reestablecimiento de la pena de muerte por apostasía, es decir, por el abandono de la creencia musulmana.

El sueño de occidente

No es sorprendente que, en esta situación de estancamiento, el sueño de muchos jóvenes iranís sea una vida en occidente. “Optan por marcharse” y dan la espalda a su propio país si cuentan con suficiente dinero, los contactos necesarios y una suficiente porción de deseperanza. Las herméticas estadísticas no dejan claro el número de personas que han abandonado Irán desde el triunfo de la revolución. Las estimaciones oscilan entre el millón y medio y los cuatro millones de refugiados desde 1979. Los que se quedan se adaptan a una doble vida, que sondea una y otra vez los límites de lo permitido en el espacio público, pero que también se desarrolla bajo la protección del propio hogar.

Allí, se puede correr el telón, conectar la televisión por satélite y servirse el vodka fácil de conseguir en el mercado negro. Allí, cada ciudadano crítico con el régimen, como Schirin Germez en Esfahan, consigue su pequeño cuadrado rojo al que no tiene acceso el poder del Estado.

Tras finalizar el rezo de la puesta de sol y de vuelta al café, este viajero le pregunta a Schirin por qué no ha acudido a la mezquita contigua al local. Ella le lanza una mirada cargada de reproches, coge un lápiz y escribe en forma de despedida en el bloc de notas del extranjero: “Estoy enamorada del dios de Massih”. Massih es la palabra persa para Cristo.