Vence la Europa que no quiere Europa.

Artículo publicado el 15 de Junio de 2004
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Artículo publicado el 15 de Junio de 2004

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Abstención, nacionalismo, triunfo de los euro-escépticos. Cómo cambia Europa de Lubjiana a Belgrado.

Las elecciones del 10-13 de junio marcan el inicio del fin de la Europa oficial. La Europa que nos han contado y construido, no existe más, porque ha cedido, ya, al imparable avance de tres diferentes “Europas” que salen vencedoras de las urnas.

Las Europas que matan Europa.

Hay una Europa que, en la indiferencia general, no está en Europa y convierte el “limes” de la Gran Europa en algo insosteniblemente peligroso. El mismo día en que se abrían las urnas en la europeísta Lubjiana, a algunos cientos de kilómetros al sur, en Belgrado, el candidato nacionalista más radical, Tomislav Nikolic, se situaba en cabeza en las presidenciales serbias, clasificándose así para la segunda vuelta. La que nos han vendido como la “Gran Europa” acaba aun antes de alcanzar la otra orilla del Adriático: a cien míseras millas de mar de nuestras ilusiones e hipocresías. Hay después una Europa que acoge a la Europa oficial y que afloja o articula el voto. En los 10 países que desde el 1 de mayo forman parte de la Unión Europea sólo un elector de cada cuatro ha ido a las urnas. Al este, la Unión ha querido venderse, ella misma, como el parque de atracciones de las vacas, de los subsidios a la agricultura, de la estabilidad monetaria y de los fondos estructurales. La operación de marketing de Bruselas ha sido un perfecto logro: cada elector con sensatez de los nuevos países miembros, ha comprendido que la tierra prometida de la UE no tiene necesidad de este Parlamento europeo mas que para una trivial operación de maquillaje democrático.

Hay, en definitiva, una Europa que simplemente vota a quién no quiere Europa. Según los últimos datos, en Gran Bretaña los dos partidos euro-escépticos, el UK Independent Party (16,8%) y el British Nacional Party (5,2%), consiguen juntos un resultado prácticamente igual al del partido laborista de Tony Blair (22,3%). En Francia, el Front National de Jean-Marie Le Pen se adjudica el 10% del sufragio, mientras que en Italia es la extrema izquierda que llega al 8%. Por no hablar de los nuevos países miembros: sólo en Polonia las formaciones antieuropeas rozan el 29% de las preferencias. Estos resultados hacen del nuevo Parlamento europeo un lugar en donde será difícil hablar constructivamente de una mayor integración europea, de reformas institucionales y de superar los intereses nacionales.

¿Un Europarlamento averiado?

Es necesario reconocer que, en la campaña electoral, los euro-escépticos han sido los únicos en haber hablado de Europa, subrayando y sobrepasando con énfasis los límites. Mientras, los europeos “oficiales” sólo se han dedicado a maniobras de palacio para constituir virtuales y fantasmagóricos “grupos federalistas” destinados a no dejar ninguna huella en el corazón de los electores y, menos que nunca, sobre las papeletas electorales. Es el caso de la iniciativa del Presidente de la Comisión, Romano Prodi, que vuelve para crear un grupo centrista y europeísta para el Parlamento de Estrasburgo.

Estas tres Europas, tan diferentes y tan peligrosamente cercanas, corren el peligro de transformar el próximo Parlamento europeo en un lugar de eternas disputas, digno a lo mejor de gestionar asuntos corrientes, pero incapaz de imaginar y realizar nuevos “mundos posibles”, confinando así a Europa a la implosión definitiva.

El nacionalismo serbio, la abstención y el voto euro-escéptico son todos síntomas de un mal común: aquel de un continente que ya no consigue hacer política. Los ciudadanos que el domingo se han visto implicados en el avance de estas tres Europas no oficiales, han querido expresar un descontento creciente.

Para que este grito de alarma no caiga en el olvido, el desafío de las próximas semanas y de los próximos meses es propiamente aquel de conceder un nuevo espacio de encuentro, de intercambio y de crecimiento recíproco a toda Europa y a todas las Europas posibles. Dentro y fuera del Parlamento oficial. Para dialogar y debatir, y hacer emerger las cuestiones esenciales y las divisiones entre los partidos. Para volver a hacer política. Para café babel es el desafío de siempre. Desde hoy, y más que nunca, es urgente y necesario.