¿Vendimias con retraso en Europa?

Artículo publicado el 16 de Noviembre de 2006
Revista publicada
Artículo publicado el 16 de Noviembre de 2006
2007 será un año particular para el vino europeo: Bruselas procederá a una reforma profunda del sector.

En peligro. Si es aún la primera del mundo en superficie y volumen -según un estudio de la Comisión, representa el 60% de la producción mundial y concentra casi la mitad de los viñedos del planeta- la viticultura europea sufre: cada año, un 15% de su producción se queda sin vender. La culpa es de la competencia mundial, implacable. Los néctares etiqueta “Nuevo mundo” copan ahora en los estantes de los supermercados europeos. Los vinicultores locales no esconden su inquietud por un consumo de vino que no cesa de decaer. Cuando los consumidores brindan, son sobre todo los vinos importados los que se aprovechan de ello.

En junio pasado, Mariann Fischer-Boel, comisaria europea de la Agricultura, presentó las grandes orientaciones de la reforma del vino. En el menú: el arranque subvencionado de 400.000 hectáreas de ccepas [para acompañar así a los vinicultores menos competitivos hacia una reconversión y reducir la producción]; liberalización total de los derechos de plantación [para permitir crecer a aquéllos que son competitivos]; adaptación de los procesos de fabricación del vino; creación de presupuestos nacionales que permitan una gestión más descentralizada; y, por último, animar a la reagrupación y a la racionalización de las filiares de venta.

¿Arrancar vid es un engaño?

Si todo el mundo está de acuerdo con el objetivo número 1 que pretende recuperar la competitividad, los métodos adoptados provocan revuelos. Según Patrick Aigrain, miembro de Viniflhor, organismo público encargado en Francia de seguir y controlar las filiales hortícolas y vinícolas, “nuestro problema no es de producir demasiado sino de no vender lo suficiente”. Y es que la demanda mundial continúa creciendo.

Sin embargo, la Comisión pone el acento en el arranque de cepas: 1/3 del presupuesto de la OCM del vino (cerca de 300 millones de euros) debería estar consagrado a ello para eliminar 400.000 ha de plantaciones, es decir, el 12% de la superficie vinícola total. Una cifra puramente arbitraría: el arranque en las tierras europeas no significará el cese de plantaciones en otras regiones del planeta, manteniendo de facto la producción mundial en estado de sobreproducción. Por otro lado, el impacto de tal medida podría ser devastador para las regiones donde la cultura de la viña rima con identidad regional, como Castilla La Mancha o el Languedoc-Roussillon. En fin, una bajada de la producción europea no tendrá apenas efecto en los consumidores: ¿por qué habrían de dejar ellos de comprar vinos importados?

Vino chileno en las cepas europeas

La piedra angular de esta desafección es la cuestión, obsesiva, de cómo vender más. Reestructurar las filiales de promoción y de venta es necesario pero no suficiente. Sobre los mercados en expansión, sobretodo en Gran Bretaña y Estados Unidos, los consumidores a menudo neófitos, muestran su preferencia por los néctares venidos de América, reputados como más regulares y de fácil acceso que sus rivales europeos.

Para los negociantes reagrupados en el seno del comité europeo de empresas del vino (CEEV), la lección es clara: hace falta adaptarse a los gustos de los consumidores, mediante la adopción de ciertos comportamientos expandidos entre su competencia en materia de etiquetaje de marcas, incluso de prácticas enológicas. ¿Producir vino australiano o chileno… en Europa?

Aunque la idea provoca que se ponga el grito en el cielo entre los iniciados, se va abriendo poco a poco camino. Prueba de ello es que el Consejo de la UE, en su reunión del 24 y 25 de octubre pasado, admitió el principio de suavizar las prácticas enológicas. Convencidos de que modernidad y saber hacer ancestral no son incompatibles, esta novedad de las cosechas cultiva una actitud pragmática en el origen de la especificidad, la diversidad y la calidad de los vinos europeos.

¿El fin de la AOC?

La Comisión niega querer liquidar las tradiciones vinícolas del viejo continente, insistiendo sobre el hecho de que el régimen concerniente a los vinos “de calidad”, protegidos por una indicación geográfica, será reforzado. La suavización deseada no tocará más que el sector de los vinos de mesa, que no beneficia de ninguna apelación. La idea es colocar a los productores europeos “en igualdad de condiciones” frente a su competencia internacional.

¿Una alternativa? Reconquistar al consumidor europeo, tocando su fibra cultural. Esta dimensión la afirman la mayoría de los eurodiputados, empezando por Katerina Batzeli, encargada en el Parlamento europeo de esta cuestión. Un grupo de parlamentarios pide hoy la exclusión del vino del régimen de la Organización Mundial de Comercio, argumentando que no se trata de un producto industrial. Sin embargo, ¿es esta afirmación de la “excepción cultural” aún válida? Algunos lo piensan, como Astrid Lulling, presidenta del intergrupo “Viticultura” en el Europarlamento, quien despotrica a menudo contra las políticas de salud iniciadas en Bruselas, responsables, según ella, del bajo consumo.

Otros se muestran más tranquilizadores, afirmando que los consumidores neófitos que hacen su aprendizaje con los vinos extra-europeos querrán pasar pronto a vinos juzgados más “complicados”. Tal política, en el momento del consumismo de masas, necesitará de un sólido consenso y una voluntad política que falta actualmente. Mientras que sobre el terreno el asunto es urgente.