Viaje al interior de las catacumbas parisinas

Artículo publicado el 9 de Febrero de 2017
Artículo publicado el 9 de Febrero de 2017

A veinte metros bajo las aceras parisinas hay una extensa red de pasillos, comúnmente denominada como catacumbas. Los turistas sólo tienen acceso a una parte. El resto está siendo explorado por los catáfilos. Uno de ellos ha aceptado ser mi guía. Aquí el relato de nuestra expedición. 

Quedamos en la estación de metro, al lado de la entrada "oficial" de las catacumbas parisinas. Reconozco a nuestro guía (llamémosle Pierre) a la primera: ropa de trabajo, mochila de viaje y calzado impermeable que le sube hasta sus muslos. El resto del grupo parece normal: calzado deportivo y vaqueros. Nada, aparte de las linternas frontales metidas en las mochilas, revela el objetivo de nuestro encuentro.

Érase una vez las "catacumbas"

En realidad, los pasillos que visitamos nunca han servido de catacumbas. Solamente los túneles (de un kilómetro y medio) y algunos pasillos en el área del cementerio de Montparnasse, están abiertos para los turistas. Allí quedan algunos restos de las necrópolis del siglo XVIII. La extensa red que unía cientos de kilómetros de pasillos subterráneos, ubicados mayoritariamente en la parte sur de París, servía para extraer piedra que luego se empleó al construir la Ciudad de Luz. Al principio, las canteras se encontraban fuera de las fronteras de la ciudad. En la superficie todo eran campos y pastos, por lo que la red de pasillos subterráneos no causaba problemas.

Sin embargo, París no paraba de expandirse. Los edificios se construían sobre un terreno parecido a un hormiguero, lleno de túneles, a menudo olvidados desde hacía siglos. Como consecuencia, en el invierno del 1774, un gran colapso derrumbó unos cuantos edificios, lo que acabó motivando la creación de la Inspection Générale des Carrières por parte del rey. Los ingenieros cavaron en los túneles ya existentes, los reforzaron y crearon mapas. La Inspection générale existe hoy en día.   

En busca de la entrada

"Cuidado con las cabezas", advierte Pierre. Llegamos al sitio tras saltar la verja y andar unos diez minutos a lo largo de una abandonada vía de metro. Al lado de un hueco hecho en la pared del túnel se alza un montículo de basura. Normalmente, son los catáfilos quienes recogen la basura, pero, por lo visto, no todo el mundo se anima a tirar sus desperdicios a los contenedores adecuados.

La dificultad más grande que encuentran los amantes de las aventuras subterráneas reside en localizar una entrada a las catacumbas. Puede ser una alcantarilla, una bodega, o un agujero cavado en una pared del túnel de metro... Ni siquiera buscar en Internet garantiza dar con la información suficiente. Existe un foro frecuentado por los catáfilos, pero estos "se muestran desconfiados, a veces incluso agresivos", comenta Pierre, "cuando preguntas si alguien puede hacerte de guía o te interesas por cómo acceder a las catacumbas, te acaban insultando", advierte. Una visita a la página confirma sus palabras. Se ha creado incluso una entrada titulada "cementerio de anuncios de búsqueda de un guía". El proceso es el siguiente: el desgraciado que decida pedir ayuda recibirá una avalancha de preguntas sobre el propósito de su visita y sobre quién es, para finalmente verse abrumado por una larga lista de burlas que solo entienden los usuarios del foro. 

Los catáfilos no desconfian sin motivo. Los periodistas suelen dar una imagen falseada de la sociedad subterránea, centrándose en patologías e ignorando a los apasionados del lugar. Los "turistas", porque así se denomina a los exploradores domingueros, sólo ocasionan problemas. Lo quieren tener todo puesto sobre una bandeja, se pierden, bajan sin preparación. Otro aspecto que aumenta la desgana de los catáfilos es el sentimiento de exclusividad: de poseer conocimientos ocultos fuera del alcance de un mortal corriente. Son, de algún modo, conservadores: quieren preservar este sitio excepcional en su estado actual.     

¿Cómo se puede entonces encontrar una entrada a las catacumbas? Como pasa con todo en la vida: a través de contactos. Mi ejemplo demuestra claramente que, para acceder, no hace falta ser el mejor amigo del guía. Pierre es un compañero de piso de una compañera de la universidad de un amigo mío. También él descubrió este mundillo gracias a unos conocidos. "La tercera vez que vine, también yo traje a unos amigos. A partir de la décima, más o menos, empecé a bajar solo", cuenta. Se enganchó bastante rápido y lleva tres años bajando a las catacumbas. Incuso planea, junto con un amigo, adaptar uno de los puntos menos accesibles. Quieren crear su propio rinconcito en el laberinto subterráneo.     

Viaje al centro de la Tierra

"Es un pasillo cavado por la Inspection générale y no una mina", cuenta Pierre, una vez ya debajo de la tierra. De vez en cuando, en las paredes se encuentran inscripciones con fechas e iniciales y, en ocasiones, nombres de las calles que hay por encima de nuestras cabezas. No vale la pena tratarlas como punto de referencia. Esta parte de París ha sido reconstruida muchas veces. Orientarse en las catacumbas supone un gran reto. Veinte metros de piedra bloquean el acceso a Internet en el móvil y lo único con lo que cuentas es una brújula y un mapa. "De vez en cuando le echo un ojo al plano", reconoce Pierre. Conozco este camino, pero siempre es mejor asegurarse. Con un buen mapa es difícil perderse.  

En el suelo empiezan a aparecer charcos. Cuando intento esquivarlos torpemente, oigo una carcajada: "puedes  intentar saltar, pero, tarde o temprano, tendrás que mojarte". Pierre me quita la esperanza. Es cierto, los charcos se van haciendo cada vez más grandes, el agua empieza a alcanzar mis tobillos, luego mis pantorrillas y, al final, también mis rodillas. "Puedes nadar si quieres", se ríe nuestro guía. Pese a la ropa mojada, no tenemos demasiado frío.

La temperatura en las catacumbas se mantiene en unos 14-15 grados durante todo el año. Pensar en el tiempo que hace afuera, en cambio, nos produce escalofríos.

Es un día de diario y por eso en las catacumbas no hay mucha gente. Pero eso no significa que estemos solos. Nuestro guía pregunta por la situación en la "Playa" a uno de los grupos con las que nos cruzamos. "Está vacía. Estaréis totalmente solos", responde un chico joven, que lleva unos altavoces en su mochila. Un cuarto de hora más tarde llegamos a nuestro destino. Una sala amplia llamada "Playa", debido a que tiene un suelo que parece arena, nos permite ponernos de pie y respirar con profundidad. Las paredes están cubiertas de arte de todo tipo y calidad. No es sólo grafitti. La entrada a la "Playa" está vigilada por una escultura de Gollem, mientras que al otro lado de las paredes sobresalen unas manos de maniquíes pintadas de colores. Justo al lado de la "Playa" está el "Cine", una sala en la que en su tiempo se proyectaban películas. La electricidad se introducía a través de una alcantarilla. Como nota nostálgica, los grafittis hacen  referencia a la películas y directores: Léon (de Luc Besson), Charlie Chaplin, Terminator, Clint Eastwood... Todos un recuerdo de otro tiempo anterior. 

¿Hay algo que temer?

Pierre me acompaña hasta salida de las catacumbas. Le pregunto si no tiene miedo de bajar hasta allí a solas. "Nunca me ha pasado nada malo. Hoy en día, es más común que des con algún 'niño de bien' que con un criminal", responde. Por supuesto hay leyendas urbanas de los ochenta sobre "misas negras" satánicas o enfrentamientos entre punkies y cabezas rapadas. Sin embargo, eso ya es historia. Existe una división de policía a la que los catáfilos llaman los "catapolis", que mantiene el orden en las catacumbas. Pero, por lo que dicen, la unidad cuenta solamente con cinco personas, algo poco suficiente para patrullar los 200 kilómetros de pasillos. Por eso, se ha creado una simbiosis entre los catáfilos y los catapolis. "Estos ven con buenos ojos que haya gente deambulando por allí, porque su presencia permite evitar que ocurran cosas peores que grafittis o fiestas", dice Pierre. Por supuesto, la tolerancia tiene un límite. Se ha interrumpido la (ineficiente) iniciativa de cimentar las entradas a las catacumbas, pero el hecho de aparecer por allí puede suponer una multa de 60 euros.

"Ten cuidado, que ahora se hace muy estrecho". La voz de Pierre me despierta de mis pensamientos. En las catacumbas no hay nada que temer, a no ser que se sufra de claustrofobia. El techo empieza a bajar, por lo que tenemos que inclinarnos. Unos pasos más adelante tenemos que empezar a gatear. El bolso con la cámara y el trípode molestan cada vez más. El túnel hace una curva y empieza a llevarnos hacia abajo. Pierre se adelanta unos cuantos metros que, a estas alturas, parecen inalcanzables. Empiezo a sudar, pese a la baja temperatura. "Yo paso primero las piernas, pero no hay una forma ideal", me anima una voz desde la lejanía. Por fin llegamos  a un pasillo más alto que nos lleva hasta la salida.   

Ciudad de la luz y ciudad de la sombra

Las subsuelos de París son un fenómeno a escala mundial. También lo son sus "habitantes". Por supuesto, cada ciudad tiene sus buscadores de aventuras que entran en casas y fábricas abandonadas. Se les conoce como Urban explorersUrbex. Pero los catáfilos son Urbex que toman esteroides. Las catacumbas ocupan solamente una parte de París, pero parecen mucho más grandes. Allí abajo no hay ni metro ni bicicletas urbanas y la gente no camina mirando el móvil. No se puede comprar nada, y la ropa sucia no revela el estatus social de los deambulantes. Incluso una breve caminata puede cambiar la perspectiva con la que uno ve lo que está pasando en la superficie. No sorprende, por tanto, que tanta gente quiera experimentarlo.

Aquellos que consiguen encontrar una entrada, normalmente no se conforman con visitarlas una vez.

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"Voglio Vivere Così" es una colección de ocho historias sobre estilos de vida alternativos. Una mirada a un mundo que parece quedarnos muy lejos pero que, en realidad, está a tan sólo un paso. Ocho historias, elegidas por el equipo de cafébabel, que compartiremos a lo largo de las próximas ocho semanas. Vivamos a nuestra manera. Vivamos felices.