¡Viva la sociedad paralela!

Artículo publicado el 16 de Diciembre de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 16 de Diciembre de 2004

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De nuevo se debate en Europa sobre el multiculturalismo. Los extranjeros deben integrarse mejor y aprender de una vez lo que significa el racionalismo y la democracia. Ojalá lo supiéramos nosotros también.

Tras el asesinato del director de cine holandés Theo van Gogh reina en los medios un debate histérico sobre el sentido y la finalidad de la inmigración. El multiculturalismo, tal y como corean los círculos conservadores, ha muerto. Para ellos el multiculturalismo siempre albergó un escenario de pesadilla: masas de extranjeros que se niegan a integrarse, que invaden el país y que amenazan la base de la cultura. Para la izquierda en cambio el multiculturalismo parece ser el paraíso terrenal. Tras el trabajo se pasa uno por el döner a la vuelta de la esquina y se cree muy guay por tener tantos vecinos turcos. Otras culturas siempre han sido más interesantes que la propia.

Un problema generacional

¿Pero ha existido este multiculturalismo ominoso alguna vez? No. El miedo exagerando y una idealización cursi son sólo las dos caras de una misma moneda: Europa no ha conseguido integrar de manera racional a otras culturas. Entre los ideales tradicionales de inmigrantes musulmanes y los valores de la sociedad occidental y capitalista, en la que crecen sus hijos, se abre una brecha enorme. Hay pocos terroristas, pero muchos padres musulmanes que exigen a sus hijas que se cubran la cabeza con un pañuelo y que no se vistan tan llamativas como las demás niñas de la clase. Pensar que los inmigrantes de esa generación vayan a cambiar su actitud frente a la vida es una ilusión. Para ellos el país al que han inmigrado siempre será algo extraño; da igual que se llame Alemania, Francia u Holanda. Pero los verdaderamente afectados son sus hijos. Ellos han crecido en ese país y hablan su idioma perfectamente. Aún así no se sienten parte del mismo. Esa generación se encuentra en todos los frentes. Si las jóvenes musulmanas no se cubren la cabeza con un pañuelo tienen problemas en casa. Si lo hacen, les miran mal en el colegio. El riesgo de que las jóvenes busquen amparo en la religión es grande, porque no se sienten unas “verdaderas” alemanas, francesas o inglesas, ya que nunca las aceptaron realmente, sino que siempre las miraron y trataron como “extranjeras”. Y el país de sus padres está muy lejos. En estos casos es el Islam, y sobre todo en su forma más radical, el soporte al que aferrarse para encontrar apoyo y una identidad.

¿Y qué les dicen nuestros políticos a estos jóvenes? “La predisposición a integrarse debe ser más alta”, suena en todos los rincones. Los “extranjeros“ deberían adaptarse mejor, aceptar de una vez por todas los valores del racionalismo y la democracia y no evadirse en sociedades paralelas. Pero esto no servirá para nada y sólo tendrá una consecuencia: los jóvenes inmigrantes se unirán aún más y le darán la espalda a esta sociedad.

Aprender el pluralismo

¿Pero qué quieren decir realmente los políticos cuando hablan de racionalismo y democracia? ¿No se ocultan detrás de esos términos unos valores determinados así como una concepción del mundo muy concreta? También nosotros los occidentales tenemos nuestras creencias. Estamos acostumbrados a buscar nuestro apoyo en el trabajo y en la carrera. Pero cuando no hay trabajo se pierde también el sentido de la vida.

¿Por qué exigimos a los demás que renuncien a sus raíces si nosotros dependemos tanto de las nuestras? ¿Por el terrorismo? El once de septiembre no se atacó la “libertad”, sino el World Trade Center y el Pentágono, porque los terroristas vieron en ellos un símbolo de la cultura opuesta, aquella que amenaza a la propia cultura. No deberíamos cometer el mismo error que ellos. Aquellos que exigen más tolerancia de los inmigrantes tienen en realidad miedo ante la misma. Porque el pluralismo, que acompaña a cualquier sociedad libre, significa no temer otras culturas y otras concepciones del mundo. El cristiano no tiene que ser el mejor amigo del musulmán y el trabajador de una fábrica vive en un mundo completamente distinto del de un directivo. Siempre habrá “sociedades paralelas”, pero basta con que no nos destruyamos mutuamente.

Cesemos, pues, de ver a los inmigrantes como interesantes exóticos o agentes externos peligrosos. Sólo son personas normales como todos nosotros. Bajo el techo del pluralismo cada cual puede encontrar su sitio. Pero para eso debemos aprender con esfuerzo lo que es democracia y pluralismo.