Vovis contra Gorrillas: el partido de la precariedad en Sevilla

Artículo publicado el 12 de Mayo de 2009
Artículo publicado el 12 de Mayo de 2009
Aparcar los coches en un párking por unas monedillas… Esta mendicidad maquillada que permite a los más pobres ganar unos cientos de euros al mes se desarrolla a gran escala en la capital andaluza y provoca algunos problemas a las autoridades

“¡A la derecha, apárcalo a la derecha, que hay sitio!” Camisa azul y un talonario de tiques bajo el brazo, M. es el rey de la zona de párking que rodea el teatro de Sevilla. Su zona. Conoce el lugar, reconoce a los vecinos, orienta a los recién llegados, a cambio de unos céntimos de euro. No es ni policía ni empleado del ayuntamiento, este joven es un vovis, también llamados vigilantes voluntarios. La mayoría de ellos son parados cuya principal fuente de ingresos es este 'trabajo', controlado por la asociación local APM40. Especializada en la integración de grupos sociales desfavorecidos, la asociación está autorizada por el ayuntamiento para que que sus miembros regulen una parte de las plazas de estacionamiento de Sevilla. Un negocio, si no lucrativo, al menos muy arraigado en la región. Porque, si bien conocemos Sevilla por su catedral, sus naranjos y su Semana Santa; tampoco podemos ignorar la otra cara de la ciudad, la de la precariedad, endémica y recurrente. Aunque como M., los vovis de la asociación APM40 son tolerados, no todos lo son. “Y ahí está el problema”, explica Diego Jiménez, responsable de relaciones públicas del ayuntamiento de la ciudad.

Gorrillas muy locales

Una horda de gorrillas (este mote viene de las gorras que usa la mayoría para darse un poco de credibilidad), simpapeles, drogadictos, inmigrantes y otros grupos de marginados, hacen estragos en todas las zonas de aparcamiento para 'ayudar' al feliz conductor a encontrar sitio. Todo dentro de la ilegalidad total y a cambio de una contribución. Como un joven senegalés que, desde un párking de la periferia, invitaba, ayudándose de su gorra un poco mugrienta y con exagerados aspavientos, a aparcar en una plaza estrecha y aparentemente prohibida. Muy extendido en el sur de España, Madrid o Valencia, el fenómeno de los gorrillas se ha convertido en una de las tristes especialidades de Sevilla, difícil de gestionar, y más aún cuando los individuos a los que concierne son bastante difíciles de censar. A través de medidas coercitivas más o menos eficaces, intenta mal que bien frenar una situación que se les escapa. La última, una orden municipal que multa a cualquier gorrilla sorprendido por la policía en flagrante delito. La cantidad a pagar: 120 euros. La suma es consecuente. Ahora, cabría preguntarse cuál de estos gorrillas sin blanca se encuentra en posición de pagar…

Vigilantes voluntarios

Por eso, el ayuntamiento ha decidido fomentar la acción de los vigilantes voluntarios, más conocidos por el nombre de vovis, de APM40 (Asociación a favor de los mayores de 40 años). Creada en 1994 para ayudar a los colectivos más desfavorecidos y, particularmente, a los parados de más de 40 años, de ahí su nombre, APM40 continúa acompañando a los más pobres incluso en tiempos de crisis. Así lo explica Rafael Esprajoso Espinola, supervisor de la asociación, con la intención de evitar que caigan en la marginalidad total, “les dirigimos y seguimos psicológicamente, les formamos y, sobre todo, les devolvemos al camino permitiéndoles ganar un poco de dinero por los servicios prestados”.

Y para hacerlo, ¿por qué no confiarles la responsabilidad de las zonas de estacionamiento de la ciudad, aquellas que los gorrillas toman por asalto? Con los años, los vovis, cuyo nombre es también un guiño a los bobbies británicos, se han convertido en el brazo no armado de Sevilla, encargados de 'limpiar' la capital de Andalucía de estos guardianes de aparcamiento ilegales, un poco belicosos y no demasiado apreciados. Y sería todavía mejor si los gorrillas cambiaran su gorra por una camisa azul con los colores de la asociación.

Aguantar el tipo

Nos encontramos de nuevo con el joven M. en las inmediaciones del teatro de la ciudad. Antiguamente un gorrilla, es ahora un vovis. Harto de jugar al escondite con la policía para evitar la multa, de estar en el lado malo de la barrera. Todo eso no le aportaba mucho “más de 200 o 300 euros al mes”. Como los otros vovis, no está empleado por la asociación y solo tiene como salario lo que los usuarios quieran darle. El tique de entrada cuesta 60 céntimos de euro y la mitad va destinada a APM40, que utiliza estas ganancias para cubrir sus gastos de funcionamiento. Unos cientos de euros, es poco, pero “es mejor que nada”, comenta Gaïz, un joven albanés de 30 años llegado a España hace cuatro años en busca del sueño europeo. Joyero, especializado en trabajar el oro, acumula trabajos temporales y trata de llegar a fin de mes. El trabajo de vovis en los párquines, es una manera de “aguantar el tipo”, de no “caer completamente”.

Para Gabriel, con más de 80 años y “una pensión tan insignificante” que prefiere ni hablar de ella, es la única manera de pagar el alquiler. “Haría siglos que estaría en la calle si no”, añade. Con la crisis, recalca Rafael Esprajoso Espinola, “son muchos los que vienen a llamar a la puerta de la asociación”, responsable de dirigir a unos 300 voluntarios. Cada vez son más jóvenes, es lo que explica que APM40 tenga prohibida la entrada a los menores de 40 años, y cada vez más extranjeros (alrededor del 30% de los efectivos). “Todos legalizados”, precisa no obstante el supervisor de la asociación.

El ayuntamiento está trabajando en ello

En algunas zonas de Sevilla, los gorrillas siguen afluyendo. La asociación para la defensa de los consumidores sevillanos registra cada día más quejas de vecinos hartos de esta situación. En Internet, los usuarios descargan diariamente su frustración. El resultado, los grupos ciudadanos como el de Bami Unido (asociación de vecinos del barrio de Bami, especialmente afectado por este fenómeno), crecen, piden medidas a voz en grito y terminan por cuestionar la acción de los vovis. Prueba de que si la iniciativa ha demostrado su utilidad, no necesita la unanimidad, y con razón.

A pesar del interés producido por otras ciudades españolas que han exportado el modelo o incluso la Comisión Europea, que en 1997 comenzó a estudiar la posibilidad de transferir esto a otros países de la UE, el cuadro jurídico en el que actuarían los vovis no queda muy claro. Aún siendo autorizada, su presencia no está siempre legalizada, incluso si “el ayuntamiento está trabajando en ello”, precisa Diego Jiménez.

Una falta de claridad que atiza el resentimiento de los automovilistas, a menudo hartos de ser obligados a pagar por las plazas de aparcamiento oficialmente libres y gratuitas… Pero como apunta María deslizando una moneda en la mano de un joven que acaba de ayudarla a aparcar, “el vovis no es una solución, es simplemente el peor de los males”.

Agradecimientos a Clara Fajardo del equipo de cafebabel.com de Sevilla.