Y como regalo de Pascua...¡Unos azotes!

Artículo publicado el 22 de Abril de 2011
Artículo publicado el 22 de Abril de 2011
El lunes de Pascua es fecha señalada en el calendario de costumbres checas. Armados con fustas hechas de ramas de sauce, los hombres persiguen a las mujeres de su familia por toda la casa para darles los 'tradicionales' latigazos de cada año.
Mientros unos defienden que es parte de la herencia cultural e incluso que es un inmejorable tratamiento de belleza, hay quien empieza a rechazar el polémico hábito. El debate está servido, ¿tradición o barbarie?

Lunes de Pascua, República Checa. Escena curiosa en torno a unos cuantos sauces: un numeroso grupo de hombre los rodean y cortan las ramas más frescas para llevárselas a casa atadas en un manojo. Mirsolav Ademak, del norte de Moravia (región checa) participa también este año. A sus 66 años no puede recordar una sola Pascua sin ramas de sauce. Tras recogerlas, se sienta junto a su hijo Mirek, de 44 años, y trenzan ocho ramas en torno a una vara en unos  veinte minutos. Así consiguen su fusta, lista para empezar la tradición.

El lunes de los azotes checo

Usarán las ramas el Lunes de Pascua, día que también se conoce en la República Checa como ‘Lunes de los azotes”. Ese día, Miroslav Ademak pondrá rumbo con su hijos, Mirek y Franta, a las casas de familiares, vecinos y demás conocidos. Todo empieza en el hogar: los hombres persiguen a sus mujeres e hijas por todas partes con sus Pomlaskas (las mencionadas varas). La hija de Mirek, Kamila, llegó a romper su traje una vez durante el ritual. Se rasgó cuando un amigo del colegio intentó evitar su huída. “Participo por el bien de la tradición y por los más pequeños”, dice Kamila, madre de dos niños ahora, “pero personalmente no lo comparto demasiado”.

Su tía Anna Pojezdalova, ahora en Alemania, ve las cosas desde otra perspectiva. Cada lunes de Pascua le salen nuevas arrugas y todo porque no puede disfrutar de su 'tratamiento de belleza' anual. Ella culpa a los hombres alemanes: “Si eres un hombre de verdad, me tienes que tratar mal en Pascua”. Ana se lo ruega a su marido germano todos los años. Y siempre espera en vano. Roland, su pareja, es un pacifista convencido y se niega a pegar a nadie. Para Anna Pojedalova, la tradición no tiene nada que ver con el masoquismo. Le gusta esta costumbre arcaica. “Me resulta divertido que me persigan con una vara. Simplemente, pertenece a la costumbre checa”. Eva Rypalova, miembro de la Oficina Nacional Checa por la Cultura Popular en Straznice, lo corrobora: “No tiene nada que ver con la violencia machista. Los azotes son algo más que eso, transmiten valores a la persona golpeada”.

“Me resulta divertido que me persigan con una vara. Simplemente, pertenece a la costumbre checa”

Dentro de la tradición, hay variedades regionales. En Eslovaquia y Moravia, también se rocía a las mujeres con perfume y agua fría. Pero la cuestionable tradición no llega a todo el país: la costumbre de pegar en Pascua es principalmente patromino de las zonas rurales. Rypalova explica que  “la gente de la ciudad suele visitar a sus familiar en ese días. A veces, los hombres llevan las ramas con ellos, pero no son caseras, las suelen comprar ya hechas”.

¡Llega el postre!

Miroslva Adamek no se imagina una Pascua sin su fusta de ramas de sauce casera. “Hace a las mujeres incluso más jóvenes y guapas”, alardea. Pero lo que no cuenta es que para los hombres, es mucho más que un tratamiento de belleza. Ellos sí que consiguen una buena recompensa. Mientras se ocupan de ‘rejuvenecer’ a las mujeres, tal y como ellos lo denominan, cantan rimas en las que reclaman sus regalos. Y estos llegan en forma de manjares. Normalmente, les regalan bonitos huevos de Pascua pintados y dulces, todo ello por su trabajo con la vara. Y por si esto no fuera suficiente, los jóvenes reciben dinero mientras los más mayores recargan energía con un buen trago de Slivovit, una especie de Brandy hecho con ciruelas. También hay pastas, ponche de huevo y vino. Después de todo eso, no es raro que los hombres empiecen a caminar dando tumbos por la calle.

Delicias aparte, Miroslav Adamek va más allá de la fusta y ha probado otros rituales para las mujeres de su familia. Hace algunos años, cogió a su mujer mientras dormía y la metió en un bañera de agua helada. Después, la acompañaron su hija y su sobrina. “Purifica y embellece”, asegura Adamek. Idea que no comparten todas las mujeres. Su sobrina, por ejemplo, no se ha dejado ver por allí desde entonces. Ahora prefiere quedarse en la cuidad.

La autora del artículo, Barbara Breuer, es miembro de la red de escritores del este n-ost

 Fotos: © Barbara Breuer/n-ost