Y de la web nació el demos

Artículo publicado el 20 de Julio de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 20 de Julio de 2004

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¿Podremos asistir al punto de confluencia entre una Europa institucional aquejada de una enorme y urgente necesidad de democracia e Internet, herramienta de intercambio y difusión?

Frente a la ausencia de discursos, opiniones y medios de comunicación a escala europea, Internet seguirá presentándose como el espacio virtual de todos los experimentos, el centro privilegiado de la invención de una democracia que se extiende por las redes europeas: escaparate de iniciativas, de informaciones, de intercambios y colaboraciones.

Entre las diversas herramientas ofertadas, distinguimos el weblog, interface de opiniones personales apoyadas por un sistema de referencias cruzadas respaldado por los mejores motores de búsqueda de la web.

Horizonte infinito

Asistimos al inicio del reinado de la interactividad informativa. Todas estas herramientas manejan perspectivas inauditas en materia de intercambio, de velocidad y de envergadura divulgativa: podemos recordar el éxito (relativo) de Howard Dean cuando centró su participación en las primarias estadounidenses en el soporte Internet. Sólo por sus recursos, la web es un soporte de red repleto de ventajas en términos creativos e inventivos.

Entre extensión y creatividad llegamos al número Erdös: número mínimo de relevos necesarios para asegurar la difusión global de un mensaje. Una teoría que ha sido desarrollada a posteriori con el nombre de «fractal de relación». Explico brevemente. Entre los diversos objetos fractales descubiertos por Benoit Mandelbrot, se suele citar el ejemplo de la longitud de la costa bretona. En seguida resulta que no es la misma medida vista desde un satélite que desde el nivel de un caracol que tuviera que recorrer la costa de guijarro en guijarro: el objeto es siempre el mismo, su área se encuentra objetivamente limitada pero su periferia es infinita. Sucede lo mismo con el tejido alveolar de los pulmones, representando un espacio máximo dentro de un volumen limitado. Esta es la principal característica de los objetos fractales.

Aplicándolo a la política, esta imagen fractal de una escena definida y delimitada que extiende una periferia –una frontera- de una productividad, o creatividad o inventiva infinitas, aparenta ser lo que Hardt y Negri califican, después de Spinoza, como «democracia absoluta». Aquella por la cual la Humanidad se crea y se vuelve a crear, por el efecto doble de la invención y de la colaboración: o sea, por el pleno desarrollo de la red.

Mientras que cierto pensamiento conservador hace de la frontera europea la premisa indispensable para toda profundización democrática, aquí logramos relacionar democracia y «frontera infinita». El espacio mismo de la invención y la experimentación, el cabo de todo desbordamiento, no ya periférico, sino transversal dentro del cuerpo político.

Tal panorama de la red implica dos cosas para la Europa democrática del futuro:

a- En un mundo, no ya lineal sino complejo, la democracia europea no puede contentarse con ser una suma de escenarios políticos nacionales. Su frontera tampoco es la del actual grupo de Estados. Debe renovarse radicalmente.

b- La frontera ya no será, por consiguiente, sólo europea, sino global, aunque esto disguste a los nostálgicos del Imperio Romano. Convirtiéndose el «limes» virtual en un polo de desarrollo horizontal que se corresponda con la ausencia de todo límite para la trayectoria de la acción política.

Netocracia

Vale, bien: todo perfecto en el mejor de los mundos posibles. Henos de nuevo en la era de las grandes utopías. ¿Pero por ello Internet y su potencial tecnológico puesto al servicio del desarrollo de las redes asegura la materialización necesaria de esta «democracia absoluta»?

Claro que no; tal necesidad constituye en sí misma, una negación de democracia. Todo dependerá de la elección política operada en relación a su uso en nuestras sociedades.

Ahora bien, estas nuevas tecnologías interactivas también presentan fisuras democráticas. Paul Virilio se rebela contra «la dictadura de lo instantáneo» que imponen, resultando pernicioso para la reflexión y el juicio democráticos. Alexander Bard rescata, por su parte, la lucha de clases para la era de la información interactiva: frente a frente, netócratas, dueños de su(s) identidad(es), y consumidores, esclavos de las identidades que les venden.

La red tampoco garantiza el pleno desarrollo de las posibilidades del sistema: no protege para nada contra las estanqueidades lingüísticas, culturales, psicológicas y nacionales. Surgen, pues, toda clase de cuestiones: filosofía de la traducción, aprendizaje de idiomas, acceso generalizado a Internet… Tantos interrogantes, que no pueden recibir respuesta sino a una escala pública europea. Y es que la red, como el Mercado de los neoliberales, no soluciona nada por sí mismo. Bien al contrario, exige aún más acción y decisión humanas. Dos elementos de incertidumbre de los que la Europa democrática tendrá que sacar provecho para lograr construirse algún día, como anuncia Jacques Derrida, según la «estructura de la promesa».