¿Y si sacáramos a los europeos de África?

Artículo publicado el 13 de Diciembre de 2006
Artículo publicado el 13 de Diciembre de 2006

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El tema de África y la inmigración ocupará un puesto de relevancia en la agenda del Consejo Europeo en su reunión en Bruselas el 13 de diciembre.

La línea Maginot se desmorona. A lo largo del último año, España ha reforzado sus defensas en Melilla, en la costa mediterránea de Marruecos. En octubre de 2005, seis africanos fueron disparados al intentar escalar la valla de seis metros que los separaba de Europa. Sin esperanza, los inmigrantes simplemente cambian de objetivo –sólo en agosto de 2006, 6.000 personas llegaron a las Islas Canarias-.

Este mismo año, un poco antes, los países europeos y africanos discutieron el tema de la inmigración en una única conferencia en Rabat. Europa siguió construyendo un muro de acero a su alrededor. Trata de afrontar el problema desde su base incluida la promesa de 18 mil millones de euros para su desarrollo. Esta oferta palidece ante la cantidad de dinero enviada a casa desde fuera, que constituye la segunda fuente de ingresos más importante para muchos países del sur.

Dadas las continuas diferencias masivas entre Europa y África, es poco probable que la inmigración se detenga pronto. ¿La respuesta? Legalizarla.

Los tiempos del capital

Los liberales conforman uno de los lobys más destacados a favor de la apertura de las fronteras. Señalan la amarga ironía del capital moviéndose con una libertad creciente a través de nuestro mundo, mientras se organiza una mano de obra limitada por cuotas gubernamentales ineficaces. La inmigración suple la carencia de Europa de mano de obra. Comentaristas como Nigel Harris destacan las ventajas de permitir a las compañías contratar a personas sin problemas de permisos de trabajo, de cualquier lugar del mundo que deseen. Tales propuestas pueden parecer una extensión más del dominio del mercado, pero en esencia no son más que una acción de vanguardia. Hoy por hoy, se conservan las nociones de ciudadanía, siguiendo el modelo del trabajador invitado alemán o Gastarbeiter, para la inmigración.

Estas propuestas benefician a la necesidad de mano de obra. No tratan los problemas humanitarios de la inmigración. Como Max Frisch apuntó sobre los gastarbeiters turcos: “Pedimos mano de obra, pero lo que recibimos son seres humanos”.

Eliminar fronteras, respetar vidas

Si los trabajadores están aquí sin derechos políticos, ¿qué pasará con los hijos de esos trabajadores?, y ¿qué les pasará a aquellos que decidan quedarse?

La izquierda política es muy crítica con la otra parte en el movimiento de la apertura de fronteras. Raffaele Marchetti sostiene que deberíamos considerar el derecho universal de la libertad de movimiento. ¿Por qué los europeos pueden pasar sus vacaciones donde quieran mientras los africanos no pueden ni siquiera ir a Europa a trabajar?

Legitimar la entrada frenaría el tráfico de personas y evitaría la pérdida de vidas y las violaciones de los Derechos Humanos. Se ha ahorrado el coste económico para mantener en pie la Fortaleza Europa; un informe reciente de la Organización Internacional para la Migración muestra que cinco países pertenecientes a la OCDE (Organización para la cooperación económica y el desarrollo) gastaron dos terceras partes tanto en el control de las fronteras como en la asistencia oficial al desarrollo.

En la actualidad, Europa cuenta con un sistema de asilo horrible. El Consejo de Refugiados hace una vaga crónica de la violación por parte del gobierno inglés de sus obligaciones internacionales de la Convención de Refugiados de 1951. Si nuestras fronteras estuvieran abiertas, la categoría de refugiado ya no sería necesaria. Así, la distinción entre refugiado político e inmigrante económico, como señala Michael Dummett, elimina el aspecto político de la pobreza. Aquellos que arriesgan sus vidas para llegar a Europa y encontrar medios para mantenerse no son equivalentes a los profesores que van de Francia a Alemania por un aumento de sueldo.

Sin embargo, no podemos disminuir los derechos de los refugiados. Además, sería un error lógico sugerir siquiera el abandono del sistema de asilo.

¿Demasiado, muy pronto?

Incluso un defensor acérrimo de la apertura de las fronteras reconoce que el derecho absoluto a la libertad de movimiento necesita estar equilibrado mediante los derechos del país de destino y el país de origen. Marchetti defiende la disponibilidad de movimiento de las personas (tal y como el derecho lo permite), y la posibilidad de acogerse a todos los derechos sociales en su país de acogida (tal y como el derecho no permite). Además, defiende la fuga de cerebros siempre que se obligue a las personas a regresar de vez en cuando a su país. Aun así, si no cambia el sistema de explotación económica de los países, la posibilidad de cambio para los cerebros con más talento que circulan es muy pequeña.

El elitismo presente en muchos de los argumentos sobre la apertura de fronteras se percibe en la extraña y profana alianza entre el liberalismo de derechas y la izquierda que se ha formado a su alrededor. Considérese en qué medida este movimiento de derechas está equilibrado con aquellos de izquierda en los países de acogida. Por ejemplo, la reciente inmigración polaca en el Reino Unido desembocó en sufrimiento de los pobres, en una depresión del poder adquisitivo. El argumento es que el rico consigue trabajadores baratos para sus fábricas y niñeras baratas para sus hijos. Esta crítica es en parte correcta. Los gobiernos, influenciados por el grupo de presión de comercio, no ponen en práctica una ley suficientemente estricta sobre la mano de obra.

“Abrir fronteras” puede transformar la idea de lo que significa ser un ciudadano. Las naciones-Estado están basadas en un “nosotros”: divide a los ciudadanos. En un mundo de movimientos crecientes, estas divisiones se están volviendo insostenibles. El debate sobre la apertura de fronteras ha provocado por fin la discusión sobre aquello que debería reemplazarlas.