Yo y el cuarto de baño

Artículo publicado el 18 de Diciembre de 2013
Artículo publicado el 18 de Diciembre de 2013

En un mundo en el que la preo­cu­pa­ción por uno mismo con­vier­te el fu­ne­ra­l de un gran hom­bre en pre­tex­to para au­to­re­tra­tar­se, nos cues­ta en­con­trar un sitio de culto en el seno del cual el ego alucine. Sin em­bar­go, una ha­bi­ta­ción cotidiana del "yo" ayuda a unos cuan­tos miles de in­di­ví­duos des­mo­ro­na­dos a re­afir­mar­se y amar­se.

No vamos a es­con­der­lo, es­ta­mos en fa­mi­lia. De todos modos, en cier­ta me­di­da siem­pre lo hemos es­ta­do. Desde que al­guien con­si­de­ró que du­char­se tras una puer­ta ce­rra­da era una buena idea, soy re­ci­pien­te de una li­be­ra­ción nar­ci­sis­ta inigua­la­ble. Hoy en día, de­ci­mos que el mundo es cada vez más pro­pen­so a la ad­mi­ra­ción por uno mismo, que cada día que pasa es una feria a los egos de más, que todos se pres­tan al "yo"...

Cui­da­do, Ego

Po­si­ble­men­te sea ver­dad. Fa­ce­book nunca había al­ber­ga­do tan­tos es­ta­dos per­so­na­les, tan­tos ál­bu­mes crue­les de fotos va­ca­cio­na­les lla­ma­dos "Hola París" ni tan­tos men­sa­jes de sa­tis­fac­ción sobre ré­gi­menes de pan­de­re­ta. Hoy Ins­ta­gram inun­da la red con las sel­fies más bo­ni­tas, con todas esa per­so­nas que fo­to­gra­fían su ros­tro con las mis­mas ganas que mos­tra­rían si se co­mie­sen un plato de ma­ca­rro­nes con queso. Lo sien­to, pa­re­ce un poco reac­cio­na­rio, pero me gus­ta­ría sub­ra­yar que la "au­to­con­tem­pla­ción" es un fe­nó­meno his­tó­ri­co y que si hay que con­fiar a algún bió­gra­fo el re­la­to de los he­chos de las per­so­nas que se miran de­ma­sia­do el om­bli­go, ese soy yo.

No lo de­ci­mos bas­tan­te, pero es una lo­cu­ra hasta el punto en el que hoy en día una "vuel­ta de llave" (o dos) puede res­guar­da­ros del mundo ex­te­rior trai­cio­ne­ro, frío e in­sen­si­ble a la afir­ma­ción de uno mismo. Ade­más, al otro lado del re­tra­to es­te­reo­ti­pa­do y que es­te­reo­ti­pa nues­ta so­cie­dad, soy (vedlo vo­so­tros mis­mos) vues­tra prim­era ju­bi­la­ción, la cé­lu­la de oxí­geno que, al ce­rrar la puer­ta, os au­to­ri­za a poner en su sitio cua­les sean vues­tros líos men­ta­les o ese pe­que­ño me­chón de pelo fuera de lugar. Nos ins­pi­ra­mos, nos mi­ra­mos, nos ha­bla­mos, a veces nos e­cha­mos agua a la cara, pero lo im­por­tan­te, joder, es que exis­ti­mos. A me­nu­do los cuer­pos se dejan caer, se aguan­tan con­tra el muro de apoyo y se des­li­zan por lo largo de éste para acu­rru­car­se y fi­nal­men­te re­ve­lar el color de los sen­ti­mien­tos que ve­ni­mos re­pri­mien­do desde hace 8 horas. En ge­ne­ral, el mo­men­to en el que lla­ma­mos a la puer­ta es cuan­do de­ci­mos que ya vamos. Y que va mejor.

BHL, pho­tos­hop y pajas

Cu­rio­so juego de es­pe­jo el que se en­cuen­tra en la ac­ción entre un vasto campo so­cial dónde uno se mira los piés y una pe­que­ña ha­bi­ta­ción donde uno se des­lo­ma para mi­rar­se de fren­te. Mirad, el otro día una gran cha­val, Vi­ta­li Klits­cho, es­ta­ba allí con las manos una a cada lado del la­va­bo para can­tarse cosas cara a cara. Re­co­noz­cá­mos­lo de una vez por todas, ese es­pe­jo se ha con­ver­ti­do en la pri­me­ra de las aten­cio­nes on­to­ló­gi­cas, y di­se­ña un poco cada día vues­tro fiel re­fle­jo. Mu­chas per­so­nas, con­ven­ci­das de que todos los seres hu­ma­nos deben pasar por allí al menos una vez al día, dejan en él sus sua­ves y ca­lu­ro­sos men­sa­jes es­cri­tos con pin­ta­la­bios rojo. Esos mis­mos men­sa­jes que en los años 90 en­qui­va­lían a los men­sa­jes de texto de hoy. Re­fle­xio­nad de­te­ni­da­men­te y de­cid­me cuan­tos actos nar­ci­sis­tas, de fren­te arru­ga­da modo BHL con mo­rri­tos, ha­béis hecho de­lan­te del es­pe­jo. Di­fí­ci­les de con­tar ¿ver­dad?

En­ten­ded bien una cosa: la manía de to­mar­se fotos "a dis­tan­cia de brazo" no és más que el pro­lon­ga­mien­to fur­ti­vo de una pre­pa­ra­ción fo­men­ta­da den­tro de mí. Por­que esa re­tahí­la de me­cho­nes bién co­lo­ca­dos, ese pe­go­te de la­bios pin­ta­rra­jea­dos y esa ca­ri­ta tan bien pues­ta, solo son el re­sul­ta­do de una pose ex­tre­ma­da­men­te es­tu­dia­da de­lan­te del es­pe­jo. ¿Cómo po­dría­mos sa­tis­fa­cer­nos de tal ex­po­si­ción viral si no es­tu­vie­ra de an­te­mano re­pe­ti­da, así como do­mi­na­da fuer­te­men­te por ac­ce­so­rios au­to­eró­ti­cos sin los que nues­tro ava­tar no sería más que una pá­li­da re­pro­duc­ción de esas fotos gua­rras que ex­hi­ben a mo­de­los sin ma­qui­llaje en las pla­yas? Es­cu­chad, el nar­ci­sis­mo es un plato pre­co­ci­na­do. Y tanto con una pa­la­bra, como con mil, siem­pre me he con­si­de­ra­do como el Pho­tos­hop prác­ti­co del pe­quín medio.

Me voy. Eso dice el jóven que va­rias veces por se­ma­na en­cuen­tra den­tro del re­ti­ro de los muros em­bal­do­sa­dos el medio de li­be­rar­se de un lleno ex­ce­si­vo. Aun­que pro­te­gi­dos e in­vul­ne­ra­bles a las mi­ra­das del ex­te­rior, ra­ra­men­te du­da­mos al pasar el um­bral de mi puer­ta para con­cre­tar aque­llo que al­gu­nos con­si­de­ran el pa­ran­gón del acto per­so­nal. Ya no es cues­tión de ma­ni­fes­tar­se o de mos­trar­se al mundo como una ideo­sin­cra­sia para alar­dear de su sin­gu­la­ri­dad. Pero en una época en la que el "yo" se ol­vi­da cada día un poco más, ¿no es el amor por uno mismo, so­bre­to­do el re­torno a uno mismo, tan ver­da­de­ro como la so­li­da­ri­dad con uno mismo?

Lo que está claro y lo es­ta­rá por mucho tiem­po es que yo soy el ín­ti­mo, soy el yo, el ego, el creí­do. Yo sui ge­ne­ris

Este ar­ticu­lo forma parte de un dos­sier de fin de año dedicado al nar­ci­sis­mo, que obe­de­ce a las ganas tan for­zo­sa­men­te egoís­tas de los edi­to­res de Ca­fé­ba­bel de pu­bli­car fi­nal­men­te aque­llo que nunca les hemos de­ja­do escribir.