Cultura

Bruselas: caos sólo para iniciados

Artículo publicado el 11 de Septiembre de 2007
Artículo publicado el 11 de Septiembre de 2007
Quinto y último capítulo de nuestra serie sobre los taxis. En Bruselas, nada de llamarlos en mitad de cualquier calle. Se cogen en un lugar determinado creado específicamente con este fin en distintos puntos de la ciudad.

Aquí estoy, solo a las diez de la noche delante de la Estación Central ante una fila interminable de coches blancos con los motores parados esperando clientes improbables en una calle ya casi desierta. Tengo tan sólo 20 euros, que es lo mismo que “no tener nada” en esta ciudad en la que el taxi es un artículo de lujo. Mi única opción es dar con un taxista dicharachero si quiero rentabilizar el poco tiempo que este billete azul me permitirá pasar en el interior del vehículo.

Chanchullos y mucho más

Mi chófer parece más bien un experto en materia de críticas. El primer tramo hacia la place Royale se ha vuelto ya un teatro de violencia crítica contra las normas y la competencia en el sector. “No hay más que chanchulleros en esto, mon ami”, me suelta irritado, al tiempo que hace un gesto acusador con la mano.

Desconozco por qué la tradición obliga a que el pasajero ocupe el asiento trasero, lo cual fuerza al chófer a girar la cabeza de contínuo moviendo el brazo libre en todos los sentidos a una velocidad proporcional a su grado de irritación. Sería mucho más sencillo sentarse uno al lado del otro en la parte delantera para criticar al mundo entero. “No hay más que chanchulleros”, retoma quejándose sobre el monopolio de ciertos grupos de taxis a la salida del aeropuerto y la costumbre de los taxis flamencos de cruzar ilegalmente el perímetro de la capital francófona belga para venir a buscar clientes. Lo que en Bélgica llamamos pomposamente “las guerras entre las comunidades” no perdona al mundo del taxi.

Bruselización

Pasamos por delante de Godefroid de Bouillon, orgulloso y erigido sobre su caballo de piedra en una plaza mal iluminada y tomamos la rue Royale para pasar por delante del imponente Tribunal de Justicia, construido bajo el reinado de Leopoldo II. Es tan descomunal que si lo desmontáramos, el conjunto de piedras de este edificio formaría un muro de un metro de alto que uniría Bruselas con Arlon, la última frontera oriental de este pequeño país formado por muchas partes en medio de un continente que, como él, busca una identidad común.

Entre el Rey de Jerusalén y el vestigio más importante del Rey del Congo, el pequeño taxi se bambolea y sacude por el pavimento de esta calle recta, arteria principal de una ciudad que no tiene el aspecto de una capital al uso. Bélgica no es un país que cuente con una capital a lo nación conquistadora y, por lo tanto, suss reyes autoproclamados nunca podrán ser mas que impostores.

La gran avenida que rodea el corazón histórico se llama “el pequeño cinturón”. ¿Deberíamos, por lo tanto, llegar a la conclusión de que la comprime e impide expandirse y respirar? Fuera del pequeño pentágono, formado por callejuelas adoquinadas que rodean, en el centro, a la famosa Grand-Place, comienza el reino del cristal y el cemento.

Un conjunto sin pies ni cabeza de casas y grandes edificios de estilo antiguo y moderno a la vez, de bueno y sobre todo de mal gusto, que ha terminado por añadir al diccionario de la lengua francesa la palabra bruselización para referirse a una leonera arquitectónica en una ciudad.

Desorden para iniciados

“Ésta es la capital del desorden”, me dice de paso “mon ami” al volante cuando pasamos ante el Berlaymont, la sede de la Comisión Europea, y mientras le interrogaba sobre Bruselas y su papel como capital de Europa.

Cuando giramos y nos dirigimos hacia el barrio de Ixelles, volví a pensar en la cantinela según la cual las capitales son un reflejo fiel de su país. Este conjunto arquitectónico desordenado en esta ciudad en busca de su propia identidad, ¿no es, en efecto, un fresco notable de este continente al que pretende representar? Un campo enorme que construye cada uno por su parte y a su manera con esperanzas de que, al fin y al cabo, surja una cierta armonía entre un conjunto variopinto de cercados.

Cincuenta años después del Tratado de Roma, el viejo continente descubre un alma europea. Ahora bien, ¿dónde se oculta el alma bruselense? Seguro que no en este barrio de burócratas que, a las 5 de la tarde se vacía para dejar las calles desiertas y silenciosas hasta el amanecer del día siguiente.

¿Estará ausente? ¿Será el silencio el único encanto de esta ciudad, una vez caen la noche y las luces inmóviles nocturnas sobre sus pálidas torres? “¿El alma de Bruselas? Se esconde en sus bares y tabernas. Está reservado a los iniciados.”

El azar ha querido que sea en la plaza Flagey donde el contador alcance la fatídica cifra de los 20 euros. Fin de la carrera. Tras 25 minutos de trayecto, de cara a un café belga, en el corazón del barrio más distendido y colorido de esta ciudad. “Nos volveremos a ver, mon ami. La próxima vez con una cerveza por delante.”

Foto Calle de Bruselas (Grégoire Comhaire; foto Palacio de Justicia en Brusleas (Natsu/Flickr)