Cultura

Comunistas, drogadictos y niños bien: Las generaciones de europeos en 7 películas

Artículo publicado el 26 de Enero de 2011
Artículo publicado el 26 de Enero de 2011
Las cabezas periodísticas y culturales de toda Europa se pelean para ver quién bautizará primero a la generación actual: ¿Crisis? ¿Redes sociales? ¿Vuelos baratos? Mientras ellos se muerden las uñas, nosotros repasamos los intentos que sí tuvieron éxito identificando épocas, y además en formato cine: 7 películas para conocer las últimas generaciones europeas.

Poner etiquetas tranquiliza: sea para ordenar una colección de DVDs, distinguir lo bueno de lo malo o agrupar a las personas, todo el mundo quiere someter su realidad a un orden, marcar pequeñas fronteras. Las etiquetas también funcionan a la hora de identificar épocas. Tal es el caso de la Primavera de Praga, por ejemplo. Los años de plomo. La Transición. Ahora mismo a alguien (posiblemente algún cursi) se le acaba de ocurrir llamar Revolución de los Jazmines al caos que vive Túnez.

Una pieza sabrosa para los etiquetadores compulsivos (aquellos que reptan por la cultura y los medios de comunicación) es la cuestión generacional; les es difícil resistir la tentación de elucubrar sobre cómo los acontecimientos político-sociales dan a luz camadas de drogadictos, militantes de izquierda o pijos nihilistas. La mayoría de las etiquetas se pierden por el aire, pero hay otras que sobreviven sanas y fuertes (Generación del 27, Generación Perdida, Generación X…), y algunas que incluso adquieren forma de cine. Presentamos una breve relación de películas que han sabido reflejar las aspiraciones, dudas y chascos de las últimas generaciones europeas:

El 68, el pesimismo, la movida y los televisores grandes

La mejor juventud (Marco Tullio Giordana, 2003) cuenta la historia reciente de Italia a través de dos hermanos, desde la euforia de los años sesenta hasta la guerra mafiosa de los noventa, pasando por los años de plomo. Semejante ristra de acontecimientos logra tocar las entrañas de dos generaciones: la madura que fue deslizándose cuesta abajo y la de los jóvenes actuales, ansiosos por encontrar referentes alternativos al Berlusconismo.

Ese cacareado clima de los sesenta se desvaneció por todas partes. Reino Unido pasa de los Beatles a la crisis del petróleo; el estado de bienestar se agota, Thatcher recorta y muchas zonas obreras se abandonan como un pañal usado. Y es ahí donde aparecen los chicos de Trainspotting (Danny Boyle, 1996), crecidos a la sombra de la precariedad. ¿Opciones rápidas? El cinismo y la heroína (“Yo elegí no elegir la vida…”). The Guardian considera Trainspottingla mejor película británica de los últimos 25 años.

La otra cara de la generación, la de los jóvenes que probablemente vayan a optar por “comprar un televisor grande que te cagas”, está presente en la película francesa Una casa de locos (traducción repugnante de L’auberge espagnole; Cédric Klapisch, 2001), donde Roman Duris es un galo despistado que viene a España un año para escapar de su papá controlador, beber, ligar y, como efecto colateral, descubrir Europa. La primera en reflejar a la generación Erasmus.

En España las cosas fueron con unos diez años de retraso al resto de Europa; la euforia y la pasión por la política cuajaron con la muerte del dictador a mediados de los setenta. Y, tras unos años de incertidumbre, responsabilidad y compromiso, y ya asentado el primer Gobierno socialista desde la guerra civil, tocaba desmadrarse de verdad... Pedro Almodóvar profetizó la juventud que se desbocaría en los años ochenta en su primera película, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), concretamente con esta escena:

Érase una vez en el Este…

Las cosas se movían un poco menos en el llamado mundo comunista; allí el Estado extendía su rigidez a la familia, los amigos, el tiempo libre… Como prácticamente no había vías de escape, hubo que desfogarse con chistes clandestinos; la polaca Rejs (The cruise) (Marek Piwowski, 1970) es uno de los pocos chistes que logró regatear a la censura y hacerse película: en ella, un militante disfrazado se introduce en un barco de pasajeros y genera una parodia del férreo control comunista. Este Hombre de Partido está tan amarrado a las reglas que ni siquiera sabe cómo presentarse: “No nos conocemos muy bien. O sea, quizás debería decir algo de mí para empezar. Nací en Małkinia en 1937... En julio... Quiero decir a mediados de julio... El día 17 para ser precisos. Así que es suficiente, al menos por el momento. ¿Alguna pregunta?":

Pero ese mundo comunista, también presente en los Balcanes, terminó viniéndose abajo en pocos meses. La película eslovena Queso y mermelada (Branko Djuric, 2003) describe la relación de un inmigrante bosnio (topificado como un vago amante del fútbol y la cerveza) y su forma de sobrevivir en la Eslovenia posterior a la independencia. En esta escena, el chico (bosnio y por tanto considerado “sureño”) discute con su novia eslovena sobre si es conveniente mezclar o no alimentos salados con dulces (queso con mermelada). ¿Simple duda a la hora de desayunar o metáfora del choque de tradiciones?:

¿Y ahora?

Plantados ya en el siglo XXI, nos encontramos con europeos que todavía militan fuera de la política oficial: Los edukadores (Hans Weingartner, 2004) son tres jóvenes precarios que entran durante las vacaciones en casas de gente rica y lo cambian todo de sitio; quieren cuestionar, confundir, reeducar a los viejos aburguesados que reemplazaron sus protestas de juventud por Mercedes y casas de campo. Pero todo se complica cuando toman un rehén. Una película alemana sobre el fin último del compromiso político.

En estos momentos hay equipos enteros de etiquetadores pensando en cómo bautizar a nuestra generación, y no paran de dar la paliza con las redes sociales, la crisis, las aerolíneas de bajo coste, el terrorismo internacional, Wikileaks, Obama, el Plan Bolonia… A ver si, por lo menos, sale una buena peli al respecto.