Cultura

La sublevación de los becarios en las pantallas alemanas

Article published on 7 de Diciembre de 2009
Article published on 7 de Diciembre de 2009
Résiste – Aufstand der Praktikanten: un último estreno alemán lleva a los cines una dosis de revolución de jóvenes precarios a partir del 12 de noviembre

A Till (Hannes Wegener) le va como a la gran mayoría de sus compañeros de fatigas en la vida real, se deja llevar por la ola de precariedad que sufre todo joven en prácticas. Se encuentra en su octavo año de prácticas y sigue con la esperanza de algún día ser contratado definitivamente. Pero cuando su jefe (el noveno) lo pone de patitas en la calle, decide vengarse y crea junto a otros dos compañeros en prácticas su propia empresa: Pakt, la primera empresa que se dedica a aconsejar a todas las personas que están realizando prácticas. Sus objetivos no eran filantrópicos, quería conseguir pasta.

Entre tanto, llega a Berlín su amor de juventud, la medio francesa, idealista y siempre combativa, Sydelia (Katharina Wackernagel). Pero su puesto fijo en una “seria revista de izquierdas” (toda similitud con la revista alemana Spiegel es, por supuesto, pura coincidencia) se convierte de manera muy rápida en ¡prácticas… y no remuneradas! Pero eso no se le hace a Sydelia, que monta un gran revuelo completamente decidida a hacer su pequeña revolución para que todos los jóvenes en prácticas tengan una situación más justa. Los caminos de Sydelia y Till no tardan en cruzarse, y esto descoloca sobre todo a Till. Cuando tiene lugar la primera huelga general, Till tiene que elegir entre su empresa o su idealismo recientemente resucitado.

Romántico pseudo-revolucionario

En Alemania, el cine revolucionario se lleva poniendo de moda desde hace ya unos años. Los jóvenes cineastas están intentando resucitar el espíritu rebelde del año 1968 engalanándolo con una pizca de romanticismo. Así ocurre en Die fetten Jahre sind vorbei (Los Edukadores) o también Free Rainer, una sátira en la que Moritz Bleibtreu se convierte en un productor de televisión que manipula los resultados de la audiencia para reclamar de alguna forma el arte y la cultura, campos que antes pertenecían a los poetas y pensadores. Sin embargo, estas películas no son siempre muy realistas. Aunque todas tienen algo en común: una pequeña y de nuevo encendida chispa de anarquía en el corazón. Las cintas evocan las increíbles ganas de salir al balcón como hizo Philipp Scheidemann, para simplemente proclamar la democracia o lo que sea, o sino para escribir con spray en las paredes: “que se joda el sistema”. 

Así que por mucho que a mí me gustara, con lo que a mí me afecta personalmente el tema de la explotación de los becarios, esta vez este sentimiento no termina de cuajar, porque, por desgracia, tras una estupenda introducción al tema, el director Jonas Grosch, pierde de vista rápidamente el verdadero objetivo de la sátira mordaz sobre el loco mundo del circo de la gente en prácticas, que se ve eclipsado en gran medida con una historia de amor. Hay unos momentos que son muy interesantes, pero se esquivan la mayoría rápidamente y además, son los anunciados en los tráileres. 

Asimismo, durante toda la película se ha tenido la oportunidad de salir un poco de las sombras de sus exitosas predecesoras. Por ejemplo, cuando el gobierno alemán niega el derecho a la huelga a los becarios en la película, parece que a pesar del levantamiento, solo ha sido hacer una montaña de un grano de arena, como si la voluntad de los becarios de ponerse en huelga se derribara por su propio miedo a quebrantar la ley y el deseo de tener trabajo.

(Movienet Film GmbH)

¿Y qué pasaría si la huelga general en la película tuviera que suspenderse porque no viene nadie al final? ¿Y si el vergonzoso mensaje de Grosch fuese que al final toda persona en prácticas solo se preocupa por su propio bienestar profesional? Quizás un final tan triste hubiera ofrecido una imagen que se ajuste más a nuestra sociedad. Seguro que habría sido un final que habríamos recordado con mayor fuerza que el final apaciguador y edulcorado que ha elegido Grosch.

Y así la escena final resulta sintomática con respecto al resto de la película y de la generación de becarios en general: la canciller envía rápidamente un mensaje, entonces – corten – tres meses después de repente todo el mundo es feliz de nuevo: los becarios se sientan tranquilamente, la disputa en el seno de los jóvenes en prácticas queda olvidada, con el antiguo jefe de Till y el Man in White (el hombre de blanco) – el símbolo fílmico del depredador del capitalismo – reunidos en el mohoso salón de los padres de la generación de Till y celebran sus victorias: ¡el establecimiento de un ministerio gubernamental oficial para las personas en prácticas! Exactamente, la película no termina con la abolición de la esclavitud de los becarios en sí misma, sino su continuación embridada y burocratizada. Es en este punto donde deberíamos plantearnos la pregunta: ¿cuán revolucionaria pretendía ser esta película entonces, por favor?

Pero como honestos críticos tenemos que ser justos también. Al final, Résiste – Aufstand der Praktikanten de Jonas Grosch, no es una producción gigantesca altamente financiada sino un trabajo de un estudiante de cine – y a pesar de todas las carencias que tiene este drama, una cosa sí es cierta: el corazón en cualquier caso está situado a la derecha, perdón a la izquierda, en el ala izquierda.