Cultura

Los Oscars: un engaño de película

Artículo publicado el 19 de Febrero de 2009
Artículo publicado el 19 de Febrero de 2009
Durante 2008, la industria norteamericana del cine produjo 573 películas. En la ceremonia de los Oscars de la Academia, la noche del 22 de febrero, como siempre, no estarán las mejores.

Algunos opinan que los Oscars representan el punto medio entre el cine de entretenimiento y el cine de calidad. Pero no es cierto. Por un lado, cada 4 ó 5 años, la Academia compensa las grandes inversiones y premia películas como Titanic, Gladiator o el Señor de los Anillos, cintas de evidente baja calidad. Por otro, olvida siempre a los grandes talentos del cine de su país que se alejan de las portadas de las revistas, los glamurosos cócteles y los trajes de Armani.

No se explica que Darren Aronofsky haya recibido solamente una nominación (Mickey Rourke, al mejor actor) por “The Wrestler”, o que Los hermanos Coen, con la que es una de sus mejores películas “Quemar después de leer”(Burn after Reading), no hayan recibido ninguna, sólo porque el año pasado ya se llevaran 5 estatuillas (por cierto, por una película mediocre: No Country for Old men) con las que ya pueden sentarse a esperar otros 15 años más. O que Alex Holdridge, la revelación del año con la conmovedora “Buscando un beso a medianoche” (In search of a midnight kiss), no haya recibido ni una mísera palmadita en la espalda.

La ilusión de un niño

Entonces, ¿qué extraña fuerza nos hace estar pendientes de unos premios cuyos ganadores ya conocemos de antemano? ¿Y por qué tras la gala acudimos como un rebaño a ver las películas premiadas, cuando ya el año pasado nos dejamos convencer y nos volvieron a decepcionar, como en otras ocasiones?

En tres aspectos está la clave. La primera de todas reside en el manejo magistral que los norteamericanos hacen del marketing. Las 13 nominaciones de “El curioso caso de Benjamín Button” (Curious case of Benjamin Button) y la manera de venderlas la hacen irresistible. Creerás que si no vas a verla, estarás perdiendo un momento trascendental de la historia. Aquellos que aún no la hayan visto y, como yo, se dejen engañar, descubrirán que ni la historia es tan deslumbrante, ni tan imprescindible. Más bien todo lo contrario.

La segunda es el factor sorpresa. Aunque a pesar de que raras veces se concedan premios inesperados, lo que verdaderamente nos interesa es saber quién es mejor “hombre”, si Tom Cruise o Johnny Depp, como cuando éramos pequeños e imaginábamos quien ganaría en un combate, si Batman o Superman. También nos produce morbo saber quien lucirá los trapos más elegantes, si Penélope Cruz o Angelina Jolie.

La última y más terrenal, es poder comprobar como George Clooney y Scarlett Johansson son seres humanos de verdad, que tropiezan al subir unas escaleras, que recitan discursos imperfectos o que son capaces de llorar fuera de la pantalla, como el resto de mortales, al recibir un premio. Esa humanidad suya nos hace creer, en lo más estúpido de nuestro interior, que nosotros también podríamos estar ahí. Unas suaves caricias a nuestro ego.

Se trata siempre de captar adeptos, al más puro estilo McDonalds, moldeando una ilusión de manera que nos sentimos indefensos, como niños pequeños, ante la magia de las estrellas.

Frambuesas

Pero no todo son miserias en yankilandia. Existen unos premios sinceros llamados “Razzies” (frambuesas) y que la noche antes de los Oscars condecoran a las peores películas, actores y directores del año. Adam Sandler o Jessica Alba son algunos de los más frecuentes nominados. Las estrellas no suelen acudir a la gala, aunque hay honrosas excepciones. Entre estos grandes destacan Bill Cosby, Tom Green o Halle Berry. La afroamericana protagonizó una divertida escena cuando fue premiada como la peor actriz por su interpretación en “Monster’s Ball” y subió a recoger el galardón con el Oscar en la mano, que justo había recibido como mejor actriz el año anterior.

En lo que a nosotros respecta, las academias de cine europeas han sido seducidas por todas estas estrategias de promoción. Ante la decadente situación (económica, no creativa) de la industria cinematográfica europea y ante el apabullante monopolio del cine yanki en nuestras pantallas, las academias han optado por copiar la fórmula de las galas americanas, con un intento de dar más difusión a las producciones nacionales.

Pero en la mayoría de las ocasiones, esta copia resulta cutre, salchichera y con una falta de personalidad que produce vergüenza ajena. No olvidemos que, aunque nosotros inventamos el cine, los americanos inventaron el Entertainment. Y el cine, por desgracia, cada vez se va pareciendo más a eso, y no a lo que se conoció en sus inicios como el 7º arte.