Cultura

Stefano Bartezzaghi: ¿Europa es una encrucijada? "Más bien un crucigrama"

Artículo publicado el 6 de Febrero de 2009
Artículo publicado el 6 de Febrero de 2009
El experto en acertijos y en juegos de palabras de 45 años nos cuenta cómo es Europa bajo su punto de vista: un tablero lleno de casillas y con muchísimas definiciones

La metáfora funciona, vaya que sí. Europa como un gran crucigrama, una inmensa extensión de recuadros con muchísimas definiciones a los lados. Dentro caben tanto la Costa Azul como los gitanos, los fiordos escandinavos y las grandes islas del Mediterráneo, la estepa y las Ramblas, el checo clásico y los dialectos de Abruzzo. "Un crucigrama así debería tener en cuenta todas las grandes escuelas europeas: la francesa, en primer lugar, pero también la italiana, la inglesa, la española..." Así arranca Stefano Bartezzaghi –milanés, cosecha del 62, licenciado en Ciencias del Arte y el Espectáculo con una tesis final de licenciatura sobre las estructuras semióticas de los juegos–, gran nombre de los acertijos italianos. No por casualidad es el reciente autor de una Historia de los Crucigramas, que funciona como un compendio estupendo de un trabajo de diez años desarrollado en cientos de artículos repartidos por la prensa italiana sobre juegos de palabras (entre ellos el más famoso es ‘Léxico y nubes’, publicado en el suplemento Venerdì del diario Repubblica).

¿Enigmas? No, mapas

Su punto de vista sobre Europa es único, tamizado por esa cuadrícula en blanco y negro que ya es casi como un monóculo superpuesto a sus ojos: "Estudiando la historia de los crucigramas me he dado cuenta cada vez más de la inmensa diferencia que hay entre las diversas culturas europeas. No es sólo una cuestión de idioma: entre los Estados Unidos e Inglaterra hay auténticos abismos". Bartezzaghi utiliza algo que los demás consideran un enigma como un mapa social. "¿Ves? El crucigrama ha tenido éxito porque ha sabido adaptarse. Es verdad que hay un factor lingüístico, pero sobre todo hay un factor cultural: las diferencias entre los diferentes sentidos del humor, el grado diverso de alfabetización... Todo esto se ve reflejado en los juegos". No es cierto que haya idiomas más ‘”uguetones" que otros, al menos en términos absolutos. Cada una tiene su propia peculiaridad: "El italiano y el español, por ejemplo, están en desventaja con la homofonía, pero para los jeroglíficos son ideales".

Ilustración de Emanuele Rosso/ eMa! Hola Yarou/Flickr

Transposición, por favor, no traducción

Así es como hacen en el Oulipo (Ouvroir de Litérature Potentielle) –fundada por Queneau y todavía activo en París, donde se reúne en la Biblioteca Mitterand cada primer jueves del mes– para encontrar todo el tiempo nuevas oportunidades para sus sutiles juegos de homofonía. En otros lugares se las arreglan como pueden. "En Italia existe la Oplepo", Fábrica de Literatura Potencial, pero su mecanismo de funcionamiento es completamente diferente. "Por definición, es un juego de palabras todo aquello que no se puede traducir: se puede transponer, como mucho, y hay excelentes ejemplos de transposiciones. El trabajo de Calvino y Eco sobre Queneau, por ejemplo, es algo estilísticamente maravilloso. Incluso Nabokov, que se traducía él solo, sabía que para sacar lo mejor de las versiones en otros idiomas era necesario que fuesen bellas, pero infieles". Así que cada uno tiene que hacerse sus propios juegos: "Si los hablantes se divierten, no hay una escala de valores que consultar, unas Olimpiadas de juegos de palabras".

Dialectos, ‘humour’ y definiciones ambiciosas...

Los dialectos deberían reivindicar exactamente la misma dignidad ontológica. "El dialecto siempre está ligado a la oralidad, no está tan claro que se pueda transmitir. El slang americano, por ejemplo, usa mucho la rima. Los acertijos, en cambio, necesitan de la escritura: no hay crucigramas en dialectos, o por lo menos no son demasiado famosos", continúa impasible mi interlocutor desde detrás de la vistosa montura de sus gafas. De cualquier manera el binomio lengua-’humour’ siempre permanece indivisible, a pesar de que es bastante difícil decir que fue primero: "Es la historia de la gallina y el huevo: Tristan Bernard, que empezó como comediógrafo, fue el inventor de la definición en clave humorística, que ha permanecido en la tradición francesa de los crucigramas hasta nuestros días". Para colmo, todo proviene de alguien insospechado: Flaubert. "Sí, fue él, con su diccionario de los lugares comunes, quien abrió el camino a ese tipo de definición". No por casualidad encontramos entre las páginas del diccionario, entre otras muchas definiciones, la siguiente: "Se dice solo cuando se habla de monumentos". ¿Qué es? La erección, évidemment.

Al final de nuestra charla, la ocasión es demasiado sabrosa como para dejarla escapar, a costa de caer en la banalidad. "Señor Bartezzaghi, en el cuatro horizontal del tablero de mi crucigrama está como la palabra 'Europa'. ¿Usted cómo la definiría?". El hombre de los enigmas de repente se vuelve extremadamente serio, cerrándose en un silencio reflexivo, casi religioso, que no me atrevo a interrumpir ni siquiera con una tos. Después, haciendo bailar nerviosamente el bolígrafo sobre el folio, con una voz distante hace su hipótesis: "Creo que en mi definición jugaría con el sentido de la Unión. Unión de hecho, algunas formales, otras de fachada... Buscaría un camino para ironizar sobre esto. Porque en el fondo, solo la ironía puede definirnos, ¿verdad?".