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Anita y Knudsen, historia de una periodista a cuatro ruedas

Artículo publicado el 25 de Enero de 2017
Artículo publicado el 25 de Enero de 2017

Anita vive desde hace cuatro meses en una caravana. Su vida no es idónea para aquellos que son frioleros, caóticos, miedosos o presumidos. No hay ni electricidad ni agua corriente. Pero ella es feliz. Esta es su historia.

La vida que lleva Anita no es la que sueñan los frioleros, los caóticos, los miedosos o los presumidos. Tampoco encandilaría a quienes les encanta ducharse en casa. Si vives en una caravana, te encuentras con muchas restricciones y te toca renunciar a muchas cosas, además de padecer frío en invierno. Aun así, Anita está satisfecha con su vida.

Antes también vivía en una casa, como todo el mundo. Pero entonces empezó a trabajar como voluntaria para la radio alemana SWR, para la que tenía que mudarse de vez en cuando por un par de meses y comenzar de nuevo la tarea de buscar piso compartido. Por eso, le pareció más apropiado tener un hogar móvil, ya que con el tiempo, le sería más rentable. "Tenía la sensación de que alguien me oprimía los pulmones. Un techo de hormigón contra el que mis pensamientos colisionaban. ¡No tenían libertad! No quería que hubiese nada que se interpusiese entre las estrellas y yo. Solo un poco de plástico, pero nada de hormigón". Y así fue como empezó a buscar caravanas.

La búsqueda duró hasta cuatro meses. Un conocido le dio consejos sobre qué debía tener en cuenta. Entonces, vio su actual caravana en una página web y tuvo un presentimiento. Viajó a Baden y en nada más verla se quedó "prendada". Lo que iba a ser una pequeña vuelta de prueba acabó siendo una excursión de dos horas. "Por poco me doy a la fuga", comenta Anita exaltada. A menudo suena como si tuviese una pareja con la que convive. Le costó mucho tiempo encontrar el nombre adecuado de su compañero de viaje. Hace tan solo dos meses pensaba que sería "sin duda un nombre de chica, de los sesenta o de los setenta". Ahora, su acompañante se llama Knudsen.

La caravana pasó a ser suya por 4.000 euros, incluidas una revisión ITV y de gas, además de una correa nueva. Hasta que no la compró, no se paró a pensar en el estado del automóvil, pero hasta ahora no ha habido problemas. 

Ya ha logrado poner a punto y rediseñar el interior, que estaba algo anticuado. Con ayuda de su cuñado, Anita pintó de nuevo las paredes de su caravana, montó altavoces para "una buena acústica", una mesa, una nueva tapicería para el sofá y un retrete ecológico (ha construido un cubículo con tablas de madera y un agujero en el medio sobre el que ha colocado una colorida tapa para el inodoro). Desde entonces, Anita hace sus necesidades en un cubo que hay bajo la caja de tablas de madera. Vacía el cubo cada diez días. "No es tan asqueroso como uno piensa", explica con calma. 

Vive en unos seis metros cuadrados: una pequeña cocina, un baño diminuto, dos cojines del sofá bien mullidos a ambas partes y la litera. Hay poco espacio, pero es acogedor. Además, considera que es adecuado para el momento que está viviendo: "Ahora mismo, en mi vida, reina cierta inquietud. Me encuentro en plena búsqueda, tanto en el ámbito personal como en el laboral". A pesar de ello, parece que entre tanto caos y cambio, la caravana es la única constante, sobre todo cuando Anita afirma cosas como: "La caravana es el puerto que siempre puedo llevar conmigo al realizar las mudanzas y cambiar de sitio de residencia. Creo que es el reflejo de mis deseos de poseer cierta estabilidad".

Luchar contra el frío

Sin embargo, la vida en la caravana puede ser extremadamente dura e incómoda en invierno. A menudo, Anita puede ver cómo sale vaho de su boca al respirar; ya que, aunque tiene calefacción, la caravana nunca llega a aclimatarse del todo. Solo hay unos 17 grados más que los que hay afuera. Si en el exterior hay 5 grados bajo cero, dentro sólo hay 10. Pero Anita tiene un truco: por la noche duerme con gorro, debajo de un edredón muy gordo "para el que se gastó más de 200 euros". Así, solo se le enfría la punta de la nariz. Por lo demás, cocina bastante para disfrutar del calor de la cocina a gas o entra en calor con una taza de té y una bolsa de agua caliente. Se lo toma con humor: "No en vano se dice que no hay mal tiempo, sino ropa inadecuada". Ha empezado a vestirse como toca y cuenta el número de capas que lleva puestas: "Ropa interior de esquí, un chándal encima, un jersey encima, dos pares de medias en los pies y una de ellas bien gordas, lo que vienen a ser leotardos polares. ¡Me he convertido en una cebolla andante!". Además, come mucho: "Si tengo frío, mi cuerpo produce más calor y punto. También como bastante pasta y carbohidratos, para que mi cuerpo tenga mucho que quemar. Y me digo a mí misma: sí, cuerpo, ¡trabaja un poco!".

Cuando la visitan por primera vez en su pequeño reino, Anita "se muestra de lo más orgullosa". Pero también le alegra recibir visitas, "porque automáticamente aumenta la temperatura en unos 5 grados. Ya ha habido gente que ha pasado la noche conmigo, lo cual es genial", añade sonriendo, "porque nos damos calor mutuamente y necesito una capa de ropa menos".

Pero a veces esto no basta y Anita no tiene ganas de irse directamente "a casa". Cuenta: "Entonces me quedo más tiempo en el trabajo, veo cualquier vídeo de YouTube, doy una vuelta por ahí o voy al centro de la ciudad para no tener que volver a pasar frío tan pronto". A lo que declara: "En realidad es absurdo. Uno tendría que sentirse bienvenido en su propio hogar. Pero cuando fuera hace mucho frío, hay que hacer un gran esfuerzo. Las sábanas están congeladas".

Electricidad por la cara

 

Antes de tener a Knudsen, se imaginaba una vida de caravana en la que organizar "viajes trepidantes de carretera bajo la puesta de sol, sesiones de karaoke y frenados de emergencia para pasar la noche en lugares preciosos". Ahora está la mayor parte del tiempo parada. Esto se debe a que ha conseguido una de las pocas plazas de aparcamientos gratuitas en Stuttgart y no quiere renunciar a ella. Ya lleva recorridos 4.447 km con la caravana: dos viajes a casa de sus padres en el norte de Alemania y poco más. El hecho de que no se desplace también tiene que ver con el invierno. Anita necesita electricidad. Para la calefacción y para tener un poco de luz eléctrica. Además de estrellas brillantes en la litera y flores secas como decoración, pronto va a tener que añadir a sus planes de renovación las placas solares en el techo. Hasta entonces, obtiene la electricidad de los vecinos. Anita ha dado con un matrimonio de ancianos que le proporciona electricidad, a quienes ha llamado "padres energéticos". Anita ha aparcado justo delante de su casa y ellos han tendido un cable de alimentación en la acera. A menudo la invitan a tomar café y Anita sabe que el matrimonio disfruta "poder hablar con alguien".

Las relaciones con la gente hacen que su experiencia merezca la pena: "He conocido a personas maravillosas que nunca olvidaré. ¡Podrían escribirse auténticas historias sobre ellas!". Algo que de hecho hace en su propio blog, la Vagablonde [juego de palabras entre vagabunda y rubia, en francés, ndlr] Tanto sus "alocados" padres energéticos, como los recepcionistas de la radio donde trabaja. La mitad de ellos le tienden casi inconscientemente las llaves de las duchas y bromean con ella.

¿Por qué escoger el camino sencillo habiendo uno complicado?

Hace la colada en la lavandería, carga su móvil y portátil en el trabajo, se ducha y asea en el despacho. La caravana tiene un depósito de agua, pero Anita no puede usarlo cuando las temperaturas están bajo cero. En vez de eso, utiliza una garrafa de agua de cinco litros que siempre rellena en el trabajo o en baños públicos. "Podría decirse que voy a una fuente y me abastezco de agua”, dice entre risas, aunque luego se pone seria y añade: "Tengo que dosificar muy bien lo que uso: agua para la pasta, para el té y para cepillarme los dientes". Así, una garrafa le dura unos tres días. No puede permitirse ser presumida: "A veces parezco un zombi por las mañanas y, al cruzar las oficinas, algún que otro compañero me ve con mis pintas de recién salida de la cama". 

Pero no se arrepiente de la compra que ha hecho. Al contrario: ha sido muy rentable. Si aguanta hasta que llegue el verano, la caravana no habrá costado más que lo que habría supuesto un alquiler durante ese tiempo. A pesar de ello, añade: "Sí que es cierto que te sientes más expuesta. Cuando llueve, hay mucho ruido. En esos casos, no puedo hablar por teléfono porque no se escucha nada". Aun así, no tiene miedo: "Suelo dormir muy bien. Además, ¿qué podrían llevarse? A bordo tengo un ordenador y una cámara réflex que escondo muy bien. Aunque también hay un espray de pimienta muy cerca de la cama, para que mi madre esté tranquila". Pero el mejor método contra los ladrones es más simple: el innegable caos. "¡Llena de basura la cabina del conductor! Da mucho asco. A nadie le apetece entrar a robar". Este consejo se lo dio un amigo suyo que también tiene una caravana.

Primavera, una vida de ensueño en su caravana

En cuanto Anita piensa en la primavera, la vida en la caravana se aproxima más a lo que ella había soñado en un principio. Quiere descubrir el sur de Alemania y se imagina "aparcar junto a un lago y despertarse cuando los primeros rayos de sol se cuelen por la pequeña ventana, poder abrirla y contemplar el lago".

También quiere viajar con su familia y con la caravana al mar del Norte, a pesar de que ese tipo de excursiones duren bastante. La caravana solo recorre 80 km por hora. Se va más rápido en tren o en coche. Aun así, tiene otro destino en mente: una excursión con Knudsen a la ciudad del amor. "París, se lo he prometido. Quiere ver la torre Eiffel y no hay vuelta de hoja. Tendrá que ser más adelante, en primavera".

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"Voglio Vivere Così" es una colección de ocho historias sobre estilos de vida alternativos. Una mirada a un mundo que parece quedarnos muy lejos pero que, en realidad, está a tan sólo un paso. Ocho historias, elegidas por el equipo de cafébabel, que compartiremos a lo largo de las próximas ocho semanas. Vivamos a nuestra manera. Vivamos felices.