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Estambul, que no pare la música

Artículo publicado el 17 de Enero de 2017
Artículo publicado el 17 de Enero de 2017

[OPINIÓN] Este último año ha sido devastador para Estambul. Tras numerosos atentados terroristas, la metrópolis turca es posiblemente la ciudad más peligrosa de Europa. Más de 140 personas han sido asesinadas, por no hablar del intento de golpe de estado de las fuerzas armadas. Sin embargo, la ciudad sigue atrayendo a miles de turistas.

No es que me gusten las emociones fuertes. Reservé mis billetes de avion a principios de julio, justo antes del golpe de Estado. Siempre había querido visitar Estambul y, aunque el Reino Unido desaconsejaba cualquier desplazamiento cercano a la frontera siria, Estambul se encuentra a tan solo 1.000 km al oeste. La noche antes de llegar, mientras descansaba cerca del Aeropuerto de Doha (Qatar), me enteré de la terrible noticia: un terrorista suicida y un coche bomba se habían ensañado con la policía en los aledaños del estadio del Besiktas. Resultado de la tragedia: 44 muertos.

El Besiktas es uno de los equipos de fútbol más importantes de Turquía. Por eso, el atentado del 10 de diciembre fue como bombardear el Old Trafford o el Estadio de Francia. Sin embargo, al aterrizar en Estambul no parecía que se hubiese producido un atentado. No tuve ningún problema en el Aeropuerto Sabiha Gökçen. De hecho, la primera persona que me habló de lo sucedido fue la recepcionista del hotel, quien, a pesar de estar enormemente nerviosa, insistió en que no anulase mis planes de visitar la ciudad; ella misma iba a ir a un partido de fútbol esa misma noche. Según un aviso en los ascensores del hotel, el estado de emergencia decretado tras el golpe de Estado "no afectaba de ninguna manera a la democracia y a la vida diaria habitual de los ciudadanos".

 

La recepcionista tenía razon: aquel día Estambul brillaba bajo el sol de invierno. Todo estaba abierto, las calles rebosaban de clientes y el puente de Gálata estaba lleno de pescadores. Sin embargo, el cartel del ascensor del hotel era un poco menos preciso. Había policías armados en todos los bazares. Para entrar a los museos había que enseñar el bolso. Y, mientras paseaba por el barrio turístico de Sultanahmet (desierto aquella noche), me di cuenta de que era uno de los pocos turistas que quedaban en la ciudad. Todos los restaurantes por los que pasé cuando buscaba un lugar para cenar estaban completamente vacios. Al final, entré en un sitio donde el ambiente era bastante distendido y los pocos clientes que había eran familiares del dueño.

Segun el Ministerio de Cultura y Turismo, el país recibió 10 millones de turistas menos en los 11 meses anteriores a noviembre de 2016 que el año pasado, lo cual representa un descenso de casi un tercio. El Estado Islámico, el golpe de Estado y el TAK [Halcones de la Libertad del Kurdistán, ndlr], grupo insurgente kurdo detrás de los atentados del Vodaphone Arena, tienen la culpa. El restaurante vacío en el que cené representaba perfectamente la tragedia ecónomica que el terrorismo supone para un país en el que el 5% de la economía y el 8% de los empleos dependen del turismo, según datos del Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC). De hecho, el unico país que registró una subida de turistas por motivos de ocio en Estambul durante ese mismo periodo fue Arabia Saudí

El cosmopolitismo de Estambul va unido de manera intrínseca a su geografía. Se puede coger un ferry en Europa y diez minutos más tarde estar en Asia. La Historia también tiene mucho de esto: durante 916 años, la antigua basílica de Santa Sofía fue una iglesia, luego una mezquita, y ahora es un museo. Sin embargo, 10 años de gobierno autoritario de Recep Tayyip Erdogan han hecho de Estambul una anomalía en Turquía. A medida que Turquía mira hacia Rusia y Oriente Medio, con un fondo de inversión entre Turquía y los países del Golfo de 20 mil millones de dólares anunciado en enero, los islamistas se están viniendo arriba. La financiación puesta en la Dirección de Asuntos Religiosos del Gobierno se cuadruplicó en 2015, y el 30 de diciembre, 84.000 mezquitas transmitieron sermones declarando las fiestas del Año Nuevo "ilegítimas".

Ortaköy, el barrio en el que está situada la discoteca Reina, es una reliquia de lo que queda de ciudad joven, cosmopolita y ahora "ilegítima". Cuando estuve en Estambul, vi un típico barrio de estudiantes. Se veía a jóvenes modernillos, con gorritos, alcohol en abundancia y hasta a una reportera entrevistando a los viandantes sobre hábitos alimentarios saludables. Lo que no vi fueron los despidos masivos de los profesores de aquellos estudiantes (tras del golpe de Estado, se despidió a todos los decanos del país) ni el cierre de mas de 160 medios de comunicación. A diferencia de los atentados terroristas, la erosión de la diversidad cultural de Estambul no parece tan obvia para un extranjero que pasa 4 días de turismo.

Guardo muy buenos recuerdos de Estambul: desde el café especiado turco hasta la nieve que cubría la Mezquita Azul. Y, desgraciadamente, cómo olvidar la tensión permanente y agotadora en la que viven sus habitantes. La guerra en Siria y el fracaso del proceso de paz kurdo solo pueden empeorar la situación. Además, el parlamento turco está punto de dotar a Erdogan de más poder aún. Temo por lugares como Ortaköy, y no puedo evitar sentir que la ciudad que vi desaparece poco a poco.