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Los Ahiska culminan su éxodo desde Rusia a EE UU

Artículo publicado el 20 de Septiembre de 2007
Artículo publicado el 20 de Septiembre de 2007
Hace tres años comenzó el programa de traslado de la población Ahiska, de origen turco, de Rusia hacia EE UU, algo que esperaban todos los Ahiska que no habían cruzado aún el Atlántico.

La democracia comienza cuando los excluidos comienzan a hablar: exigen incluso un lugar en la sociedad que los excluye. Los demócratas son las polillas en las vigas que sostienen el orden vigente. Los Ahska de Turquía en la zona de Krasnodar en el sur de Rusia, conocidos en los medios como “Turcos de Mesketia” son marginados que se niegan a callar. El pasado 13 de julio se reunieron 50 de ellos en una mesa redonda en Krasnodar alrededor del tema “Refugiados y/o desplazados: tres años después de la partida del primer grupo de turcos-mesketas hacia EE UU”.

Después de una preparación de años, comenzó en enero de 2004 un programa especial para el traslado de Ahiskas de la zona de Krasnodar hacia Estados Unidos. Para los mayores de entre los 11.215 desplazados el viaje es ya el tercer éxodo hacia una tierra desconocida. El 1 de octubre de este año finaliza el programa. No todos los Ahiska han alcanzado los EE UU: viven, por lo pronto y de nuevo, en una situación de incertidumbre y vacío legal.

Expulsión y Sueño Americano

La historia de los 300.000 Ahiska en el siglo XX estuvo marcada por la huída y la expulsión. Hasta la Iiª Guerra Mundial vivieron como musulmanes turcoparlantes en el sur de Georgia, en la región de Mesketia, en la frontera con Turquía. En noviembre de 1944 Yosif Stalin deportó de un golpe a 90.000 de ellos al valle de Fergana, en Asia Central, la mayor parte de ellos hacia Uzbekistán. Por su cercanía a los turcos fueron considerados en la URSS como un “pueblo en el que no se puede confiar”. Hasta la segunda fase de la Perestroika, a finales de los ochenta, no tuvieron posibilidad de regresar a su tierra. Durante los años 1989 y 1990 tuvieron lugar sangrientos enfrentamientos de base nacionalista en los que murieron unos 100 Ahiska y 1.000 resultaron heridos. Entonces, se puso en marcha la segunda emigración en la que 20.000 Ahiska huyen hacia Asia Central. La administración soviética temía la vuelta a Georgia de nuevos enfrentamientos entre los Ahiska y la población autóctona y los envió entonces hacia el interior de la Federación Rusa. Obviamente, muchos Ahiska no se mantuvieron en el lugar asignado para vivir y se movieron tan apiñados como les fue posible hacia su antigua patria en la para ellos cerrada Georgia; en la zona de Krasnodar, al sur de Rusia.

Aquí, según informa Vadim Karastelev del Comité de Novorossik para los Derechos Humanos, vivieron como excluidos y fueron a menudo discriminados por las autoridades. En nombre de la ley, a muchos se les denegó la nacionalidad rusa. En Rusia existe una obligación de registro del lugar de residencia de cada persona. Sin nacionalidad, los Ahiska no pueden registrarse. Sin registro, los niños no pueden ir a la escuela como los niños rusos. Sin registro, no hay trabajo legal y bien pagado. Y sin trabajo, no disponen de dinero para pagar los gastos escolares. Sin registro, la milicia ponía multas en los frecuentes controles de identificación personal a todos los “no verdaderos eslavos”.

En 2004, Vadim Karastelev y sus colegas del Comité de Novorissiska para los Derechos Humanos consiguieron poner en marcha un programa con representantes de EE UU con el que la gran mayoría de los Ahiska de la zona de Krasnodar pudieran ser trasladados a EE UU. Mustafa Konniyev, de 18 años, pudo mudarse hace dos años con sus padres y sus hermanos al estado norteamericano de Arizona. Durante una visita a sus familiares en Krasnodar contó a los participantes en una mesa redonda su experiencia: “En América un coordinador especial nos ayudó con todos los documentos, con la escuela y a encontrar trabajo. Ahora estoy en el 12 º curso en el instituto Cortés de Phoenix. “Si obtengo buenas notas, me gustaría ser banquero o abogado”. Lo que le gusta en especial es que “en América todos son iguales. En Rusia, yo era el único de color en la escuela y era humillado por la profesora de ruso”.

Castillo de papel

Dicho esto, los 2.000 Ahiska e cuestión no han alcanzado todavía hoy los EE UU. Viven aún en la zona de Krasnodar. Algunos quisieron quedarse, otros fueron rechazados por las autoridades estadounidenses. Entre estos rechazados está Kamila Lamidze, de 31 años, quien aprovechó la oportunidad de la mesa redonda para dirigirse al representante de la administración local, Wladimir Nikolaievich Koschel: “Se nos ha dicho: sólo si compran una casa, obtienen ustedes la nacionalidad. Cuando la casa esté a su nombre. Vivimos en una casa, pero no hemos conseguido el registro. ¿Cómo se supone que deberíamos vivir? Díganoslo”. Koschel toma nota del nombre de la señora. Ya no se habla más del registro de la señora Lamidze. Sus padres, sus dos hermanos y su hermana viven en EE UU, ella ha regresado aquí con su hijo de seis años. La familia es importante para ella, querría seguir sus pasos hacia EE UU, pero hasta ahora sólo ha recibido negativas. Lamidze se muestra desconcertada: “No sabemos a quién tenemos que dirigirnos”.

Luego, se reúnen Vadim Karastelev y los Ahska. Hasta este momento no han podido discutir sobre su proceso sin miedo: qué documentos deben reunir para tener la pequeña oportunidad de viajar a EE UU tras el fin del programa de regulaciones individuales del 1 de octubre. Se aferran a la esperanza. Kamila Nadzira dice: “Nuestra esperanza clama al Comité de Derechos Humanos”. Una esperanza que depende en última instancia de un lugar en el mundo en el que se reconozca a los Ahiska el más elemental derecho de los hombres: el derecho a tener derechos.

Foto portada: Asli Kadan aka Heliothrope/Flickr