Política

2016: La corrección política ha muerto

Artículo publicado el 21 de Diciembre de 2016
Artículo publicado el 21 de Diciembre de 2016

El 2016 ha traído consigo un número considerable de desgracias y, al mismo tiempo, una inquietante e interesante tendencia dentro de la política mundial: la muerte de lo políticamente correcto. Lo cual no es tan malo, siempre que se sepa gestionar.

Afrontémoslo: la denominación que más se adecúa al 2016 es la de annus horribilis. Bien sea porque la expresión en latín suena más culta o porque hay parte de verdad en ella, lo cierto es que el 2016 le ha regalado al mundo una serie de acontecimientos que probablemente no hubiéramos echado de menos si no hubieran ocurrido. La cuestión es que el 2016 lo ha dado todo para convertirse en el peor año en mucho tiempo. 

Los acontecimientos. Este Anno Domini (sí, seguimos con el latín), no se ha cortado un pelo: atentados, guerras, la muerte de varias celebridades, el Brexit o el triunfo de Donald Trump, por mencionar algunos de la larga lista. Además, ha habido un cambio, menos evidente o visible, que todos notabámos, e incluso intuíamos pero al que probablemente no le hemos dado la suficiente importancia: la muerte de lo políticamente correcto. 

¿Parte del problema o EL problema?

Detrás de los trajes y de las camisas almidonadas de aquellos que "luchan" desde sus lujosos palacios no se esconden siempre almas bondadosas, y eso es algo que damos por sentado. Nos hemos acostumbrado al deterioro de la calidad del discurso político; a un lenguaje más propio de los peores bares de Caracas que, de alguna manera, se ha abierto paso hasta llegar a los bancos del Parlamento y que va dirigido a los grupos oponentes, sean políticos o no. 

Dicho de otro modo, un "a la mierda", en ciertos ambientes políticos, no nos sorprende como antes, y con ello damos por sentado que lo políticamente correcto ya no tiene importancia en la política. Incluso hay quien ha llegado aún más lejos. ¿Por qué nos negamos a admitir que el emperador está desnudo? ¿Por qué no reconocemos que, en el fondo, lo políticamente correcto es un obstáculo fastidioso a la hora de decir las cosas de la manera que todos las pensamos, un obstáculo para la verdadera libertad de expresión? ¿Por qué no admitimos, que sin edulcorarlos, los discursos políticos serían más claros y coherentes? Y, por último, ¿por qué no admitimos que el problema en sí está en ser políticamente correcto? 

Simplicidad... Pero, ¿a qué precio?

Un momento. ¿Quién ha decidido de repente que el problema es lo políticamente correcto y no, por ejemplo, otras cuestiones que están habitualmente sujetas a críticas muy duras como las políticas de economía o de inmigración? Sería una pregunta interesante, ya que estos temas han sido los más destacados en la política de los últimos doce meses. El caballo de batalla de muchos columnistas de la prensa británica, normalmente de derechas, ha sido el leitmotiv de la campaña de Donald Trump, lo que le ha llevado a ocupar el cargo más importante de los Estados Unidos. Una campaña fundada sobre el principio de ser único y diferente a los políticos tradicionales, a los que Trump trataba de quitar el puesto eliminando el velo de lo poíticamente correcto, al cual la política tradicional siempre ha estado ligada. Una campaña definida por su esposa, Melania, como cruda y real, quien se dedicó a repetir el mismo discurso pero en un tono más solemne, y que fue tan sencillo y comprensible que hasta un niño haciendo zapping lo hubiera entendido. 

Pues bien, tal vez hemos descubierto la clave de toda esta historia de la maldita corrección política: la simplicidad. Aparentemente, el problema fundamental de lo políticamente correcto es que un mensaje no es necesariamente más claro si lo envolvemos en una nube de "falsa bondad". Al fin y al cabo, lo único que se consigue es marear la perdiz y complicarle las cosas a la clase obrera, que no tiene mucho tiempo para concentrarse en lo que realmente se está diciendo. Es mejor ser claro y directo y decir exactamente lo que se piensa y como se piensa. Norbert Hofer, populista de la extrema derecha candidato a la presidencia de Austria, que fue vencido por Van Der Bellen, debió llegar a la misma conclusión: para él, lo políticamente correcto era "el comienzo de todos los males".

Al otro lado del continente, en Francia, a Marnie Le Pen le pillaron con las manos en la masa criticando en primera persona los tradicionales partidos conservadores por el miedo a cuestionar el valor de lo políticamente correcto. Con esto, dio a entender que lo políticamente correcto es el principio de los problemas en la política y que el Frente Nacional está, en este sentido, muy por delante. 

¿De qué estamos hablando?

Pero, ¿estamos seguros de entender de qué estamos hablando? Acusar a alguien de ser "políticamente correcto" es un poco arriesgado. Si decir algo que es técnicamente cierto implica una sensación de duda, decir que alguien es políticamente correcto implica que no dice lo que realmente quiere decir. Alguien que, en realidad, persigue un doble propósito y que tiende a superar al adversario gracias a su supuesta superioridad moral. En otras palabras: no solo miente, sino que lo hace a conciencia. Porque, en efecto, "lo políticamente correcto" se utiliza, esencialmente, como un ataque, e incluso como una ofensa: nadie se definirá nunca como "políticamente correcto". Esto indica que tampoco en el panorama general se utiliza precisamente como un cumplido. 

¿De qué lado nos ponemos ahora? De ninguno de los dos. Preferimos optar por una tercera opción: una política que en sí sea correcta. Lo cual, al contrario que la ahora dañada definición de lo políticamente correcto, significa sensibilidad, educación, respeto e intercambio de valores fundamentales. Pero es también un consejo: "Rem tene, verba sequentur". Si se tiene claro lo que se quiere decir, las palabras salen solas". Y sin la necesidad de ocultarse detrás de ninguna fórmula adecuada y aceptable para decir (o no decir) lo que se piensa. 

Sí, nos encanta el latín. 

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¿2016, año de mierda? Sí, la verdad es que sí. Pero ésa no es una razón para quedarse quieto. En cafébabel hemos decidido pensar en estos 12 meses y escribir sobre ellos. Historias de ficción, historias divertidas, inspiradoras, en caída libre, irónicas... Todas están aquí, en nuestro especial Best.Year. Ever.