Política

Rumania y Bulgaria: si te he visto no me acuerdo

Artículo publicado el 13 de Marzo de 2007
Artículo publicado el 13 de Marzo de 2007
Retrato de la indiferencia que estos dos nuevos miembros de la UE se profesan de forma mutua.

Nos encontramos en el kilómetro 793 del Danubio, en la frontera búlgaro-rumana del río. Tenko Milev lanza su caña de pescar y mira malhumorado hacia el otro lado: Rumanía. Milev tiene 59 años y está desempleado, como casi un cuarto de la población de la región de Vidin, una zona en la que las obras de infraestructuras no dejan de crecer. Al otro lado, es decir, en el Calafat rumano, la situación no es mucho mejor, pero Tenko Milev eso sólo lo sabe de oídas. “Nunca he estado en el otro lado. A lo mejor a ellos les va mejor, quizá peor; quién sabe.”

Como el Gordo y el Flaco

El otro lado del Danubio es para mucha gente lo mismo que para Tenko Milev: una incógnita (y viceversa). Una línea regular de ferry une las dos orillas. Sólo un puente sobre el Danubio en sus 500 kilómetros de frontera entre ambos países. Desde hace años se negocia la construcción de otro puente entre Vidin y Calafat.

“La falta de puentes que unen uno y otro lado del Danubio es sorprendente o, más bien, sintomática, de la relación entre estos países”, opina Albena Shokodrova, del Balkan Investigative Reporting Network de Sofia. “Bulgaria y Rumanía son un poco como Laurel y Hardy: uno es grande, el otro es pequeño; ambos algo peculiares y siempre estorbándose el uno al otro.” Shokodrova se ocupa desde hace tiempo de las relaciones de los países balcánicos entre sí. Bulgaria y Rumania no tenían casi nada en común, exceptuando su pasado comunista. Estos antiguos Estados del bloque del Este se han caracterizado por una falsa y artificial amistad, dice Albena Shodrova. El dictador rumano Nicolae Ceausescu siguió más bien una posición crítica hacia Moscú, mientras que Bulgaria, bajo el régimen de Theodor Zhivkov, era la compañera más leal de la Unión Soviética.

Sin tiempo para la buena vencindad

Rumania siempre se sintió como un islote en medio de un mar eslavo, debido a sus raíces latinas. En los años ochenta, los dos países se acusaban el uno al otro de contaminar el medio ambiente a través de la industria química situada a orillas del Danubio. Tras el cambio político, los dos países se entregaron por completo al intento de superar sus problemas respectivos. No quedaba tiempo para interesarse por el vecino. El objetivo común de entrar en la UE propició un ambiente competitivo. Era demasiado grande el miedo de quedar atrás con respecto al otro. Las posibilidades de cooperación surgieron más adelante. Desde entonces, existe, por lo menos, a nivel político un intercambio y una cooperación.

El empresario búlgaro Emil Vutchev sentía mucha curiosidad cuando tuvo su primera reunión en Rumania hace tres años, pues tan sólo conocía los viejos estereotipos del estilo de: “los rumanos son muy pobres y roban”; “hay burros por las calles”; “conducen como locos”. “Me sorprendió muchísimo oír hablar a la gente en perfecto inglés por teléfono.” Emil Vutchev conoció a muchas personas cultas y preparadas con experiencia en el extranjero. “A menudo, expresaban su propio miedo a que les robaran el coche justo después de atravesar el puente del Danubio, ya en Bulgaria; de que todos nosotros fuéramos criminales.” Acabaron entendiendo que Bulgaria y Rumania tienen el mismo estilo de vida y los mismos problemas, así como los mismos prejuicios los unos para con los otros.

Los estereotipos han podido permanecer durante tanto tiempo porque ni los búlgaros ni los rumanos conocían el país vecino, haciendo imposible que se convencieran de lo contrario. Pocos de ellos se pueden permitir viajar por Europa oriental. Hasta ahora no había ninguna razón para visitar al vecino. Antes, el visado en la aduana costaba 50 euros: demasiado dinero para la gente humilde que se plantea viajar al otro lado. “Las regiones fronterizas son tan pobres que no es posible que haya intercambio ni comercio. Incluso cuando uno cruza el río, “¿qué se puede hacer en una región tan pobre como Vidin?”, se pregunta Albena Shkodrova.

Entretanto, ya no cuesta dinero cruzar la frontera. El puente proyectado entre Vidin y Calafat hace crecer las esperanzas a un lado y a otro de atraer inversiones que generen un auge económico a través de un nuevo recorrido hacia Europa del este. La entrada a la UE significa no sólo una esperanza para una vida mejor en ambos países, sino también el comienzo de una nueva relación entre los mismos.