Sociedad

Afganistán, pone en apuros a Prodi y otros gobiernos europeos

Artículo publicado el 23 de Febrero de 2007
Artículo publicado el 23 de Febrero de 2007
Afganistán es sinónimo de dificultades para los gobiernos europeos. El gobierno italiano se encuentra ante el abismo por causa de su política exterior y dos senadores de la izquierda.

“Si no obtenemos la mayoría para apoyar nuestra política exterior, nos vamos a casa”, avisó el ministro italiano de asuntos exteriores, Massimo D’Alema. Pues bien, no ha habido mayoría en el senado y la votación para la refinanciación de la misión italiana en Afganistán ha traído una crisis insatitucional de consecuencias aún impredecibles a pesar del refrendo que ha obtenido Prodi tras su dimisión como Primer Ministro y posterior confirmación en el cargo.

Oposición conservadora: ¿lancha de salvamento o barco pirata?

Nunca ha sido fácil para los gobiernos de izquierda discutir de guerras y misiones militares en el parlamento.

El primer ministro británico, el laborista Tony Blair, sabe mucho de estas cosas. Varias veces ha tenido que aceptar la dimisión de sus ministros y secretarios de Estado laboristas, por llevar adelante su política exterior. Sin embargo, a diferencia del infortunado Prodi, siempre ha gozado del apoyo de los conservadores, sus rivales, al avalar en la cámara de los comunes su política exterior. ¿Por qué no ha sucedido lo mismo en Italia? Ya se sabe, Italia cuenta con una enorme tasa de conflictividad política interna. Pocas son las esperanzas de lograr posturas compartidas entre mayoría parlamentaria y oposición, ni siquiera para defender los intereses básicos del país.

Técnicamente, en el caso presente, la oposición de centro-derecha ha votado en contra del programa de política exterior del ministro D’Alema, escudándose en una explícita discontinuidad con la línea del anterior gobierno presidido por Silvio Berlusconi.

En el plano político, se mencionan oscuras maniobras operadas por la Iglesia Católica y los Estados Unidos, que se habrían empleado a fondo para convencer a los senadores vitalicios -piedra sobre la que ha basculado la decisión del Senado de Italia- para que votaran contra un gobierno hostil a sus intereses: la clásica teoría del complot “a la italiana”.

La izquierda radical y Afganistán

El dato político más relevante sigue siendo, no obstante la disidencia de dos irreductibles pacifistas. Un incidente previsible, pues el pasado mes de julio varios exponentes de la izquierda radical ya avisaron que “después de seis meses ya no votarían a favor de refinanciar las misiones militares en el extranjero como las cosas no cambiaran”. Sobre el tema de Afganistán, solicitaban una “señal de discontinuidad”, una “conferencia de paz”: palabrería, como la mayoría de lo que alimenta el debate a día de hoy; propuestas útiles sólo para medir la fuerza de los partidos y lograr, demagógicamente, el consenso pacifista antes que para resolver los problemas reales de Afganistán.

España tampoco se salva de esto. Su gobierno siente la presión de la izquierda comunista acerca de la cuestión afgana: la decisión de Rodríguez Zapatero de no aumentar el contingente español en Afganistán es a todas luces una concesión a su aliado parlamentario, Izquierda Unida, que no duda en definir la misión Isaf como “guerra de ocupación”. Al día siguiente de la cumbre de la OTAN en Sevilla (8 y 9 de febrero de 2007), durante la que los militantes de su partido sostenían pancartas en las que podía leerse "Tropas fuera, OTAN no", Gaspar Llamazares, líder de Izquierda Unida, declaraba “que las tropas españolas habían sido enviadas a Afganistán por la puerta de atrás después de la retirada de Irak”.

También ha sido movido el caso de Polonia, cuya misión militar en tierras afganas es causa de inestabilidad política dentro de su gobierno de derechas. Esta vez, el papel de aguafiestas lo interpreta

Andrzej Lepper, el jefe del partido Samoobrona (Autodefensa), imprevisible movimiento conservador aliado del partido Derecho y Justicia di Kaczyski. En común con Italia encuentra la extrema fragilidad del gobierno. Por lo demás, el ‘no’ de Lepper al aumento del contingente polaco no es por prurito de pacifismo, sino una operación de márketing populista: los sondeos indican que la población rechaza las misiones en Irak y Afganistán. Así, Lepper lamenta que el dinero destinado al envío de otros 1.000 soldados no se use para la sanidad, las pensiones o los parados.

Se prohíbe decir la verdad

La verdad es que en todos los países europeos presentes con tropas en Afganistán crece el desapego respecto de esta misión arriesgada. Salvo el polaco, ningún gobierno ha atendido las peticiones por parte de la Casa Blanca y la OTAN que pretendían el envío masivo de tropas al sur del país afgano, la zona más peligrosa. Ni siquiera la alemana Angela Merkel, con su gigantesca mayoría parlamentaria se decide a tomar más responsabilidades en el asunto que no sea el envío simbólico de seis aviones Tornado para misiones de reconocimiento. Ni siquiera la irrelevancia de los partidos maximalistas alemanes ha permitido a la canciller hablar abiertamente sobre afganistán. La guerra es un tabú, los discursos son voluntariamente imprecisos, las respuestas ambiguas: ¿misión civil o militar? ¿Los solados participan también en acciones ofensivas o no?

En los parlamentos de los países europeos, al igual que en las cumbres de la OTAN, todos prefieren esconderse detrás de posturas hipócritas. Los que le han hablado claro a los ciudadanos, como Massimo D’Alema, ahora van a tener que irse a casa.