Sociedad

Andrew Todd: “La arquitectura es un acto político”

Artículo publicado el 20 de Septiembre de 2008
Artículo publicado el 20 de Septiembre de 2008
El arquitecto de origen inglés −que se encuentra entre los 40 mejores del mundo, según las revistas especializadas− explica cuáles son las vías de escape que quedan en las ciudades europeas, y sugiere que estas deberían dejar de ser meros escaparates de museo. Y volver a vivir. “Europa necesita nuevas ciudades”

El cabello de Andrew Todd tiene la longitud necesaria para hundir en él sus finos dedos, agarrar unos mechones largos y atusarlos a intervalos regulares, dándole un sentido físico de plenitud a su italiano, que no se hace pasar por su lengua materna tan sólo porque, de forma casi imperceptible, en ocasiones es traicionado por un leve acento británico.

“Mira, Le Corbusier o Alvar Aalto trabajaban en sus pequeños talleres junto a un máximo de 20 personas”, se apresura a responder tras el primer esbozo de pregunta, tomando ya sus propios derroteros, que le son sugeridos en parte por la experiencia y en parte por el instinto. “Ahora la lógica que manda es la de las multinacionales, estudios enormes con 200 consultores... no creo que sea posible trabajar de ese modo”, resume a continuación tomando el primer sorbo de su té.

(Foto: Cincinnato/Flickr)

“Los arquitectos de aeropuerto”: una invasión bárbara

Cabría esperarse un ataque a la élite de la arquitectura por parte de alguien que ha salido de ella escarmentado, alguien marginal. Pero resulta cuanto menos insólito, en cambio, que el yo acuso proceda de un arquitecto que se formó bajo el ala protectora de Jean Nouvel y que posteriormente se marchó en busca de nuevos horizontes (de Bristol a Nueva York y después a París, donde todavía hoy trabaja como profesor y a la que define como su “ciudad dormitorio”). “Pero entiéndeme”, me exhorta afablemente, “trabajar con Nouvel es completamente distinto. Es alguien que se reinventa, que estudia y que contextualiza. No es precisamente una de esas marcas” −las llama así, tomando prestado el término del mundo de la moda− “a las que buscan los alcaldes de las grandes ciudades para atraer a los arquituristas”. Se está refiriendo, parece evidente, a Bilbao, que hizo su aparición en el mapa de la cultura europea desde que le llegó la intervención divina “de la arquiestrella de turno”: “Por supuesto, los Ghery o los Libeskind no aportan nada a una ciudad”.

“Destacan por su impacto, pero no se preocupan en absoluto por cómo será vivido concretamente su proyecto por la gente más adelante: su misión finaliza en la ceremonia de inauguración”. Para ellos, Todd ha acuñado una enésima expresión humorística durante la entrevista: “los arquitectos de aeropuerto”.

“Son precisamente eso, con sus maletas trolley en la mano, llegan, firman, posan, estrechan un par de manos y se marchan”. Un punto de vista típico casi de las invasiones bárbaras, al que Todd contrapone otro modelo.

(Imagen cedida por el estudio de Andrew Todd, París)

¿La mejor arquitectura? En España y Suiza

“Diseñar para el espacio, también improvisar en el espacio: es necesario plantearse el problema del respeto al contexto y del respeto al medio ambiente. Son éstos los deberes morales de la arquitectura de hoy”. Para alguien como él, que se ha especializado últimamente sobre todo en la revisión y realización de espacios escénicos y teatrales en Londres (por encima de todos, el Young Vic, un proyecto de teatro firmado por Todd con su director artístico, Haworth Tompkins, que quiere contraponerse al histórico teatro londinense Old Vic), así como en Marsella o Suiza, “escuchar los edificios, mantener el alma de los lugares” es una prioridad absoluta, casi un imperativo. “La mejor arquitectura”, prosigue, “se hace hoy en España y en Suiza. Y esto es así porque la arquitectura es ahora un acto político, con muchísimo dinero de por medio, y por lo tanto sólo los buenos gobiernos pueden embarcarse en buenos proyectos. Pero en la arquitectura del copia y pega, de las ciudades-centros comerciales, es preciso crear en primer lugar una identidad cívica”. Y en esta dirección sitúa Todd su crítica contra las ciudades-museo que están llenando Europa. “Hay que evitar el modelo arrogante de Dubai, pero también la tendencia opuesta: en Saint-Germain-des-Près (París) puedes encontrar hoy cualquier tipo de vestido que estés buscando, pero intenta encontrar algo que comer: es imposible. El contexto urbano en Europa se está convirtiendo hoy en sólo un pretexto, una trampa para el turista, al que se le propone una ciudad sintética, irreal”.

De nuevo es la historia del continente que devora su contenido. Si los reyes de Europa están más desnudos que nunca, lo mismo puede decirse de sus reinos: “es una lógica estrictamente inmobiliaria: cada vez más se va en busca de una arquitectura que impacte visualmente en los ojos de quien mira, mientras que hay una gran necesidad crear espacios prácticos en los que vivir”. Y entonces sean bienvenidas también las nuevas ciudades, porque hay que tener la valentía de imaginar nuevas ciudades, como diría Calvino: “Sí, ciudades nuevas en el sentido de nuevos conceptos de ciudad: basta ya de ciudades-monstruo, de las periferias infinitas de Londres −por cierto, para Todd la capital londinense es “objetivamente feúcha”− y de las banlieue parisinas. Es preciso organizar y poner orden, al menos en una dimensión”. ¿Es mejor entonces el tratamiento norteamericano del “desorden tridimensional en un orden bidimensional”? “Los transportes”, sentencia Todd para concluir, “tienen un papel fundamental. En la carrera hacia las alturas es necesario mantener un equilibrio: el rascacielos sigue siendo el ejercicio más difícil de este oficio”.