Sociedad

Barrio de Matongé: África en el corazón de Europa

Artículo publicado el 20 de Agosto de 2008
Artículo publicado el 20 de Agosto de 2008
Marcado por la ocupación de las instituciones europeas de la UE, el centro de Bruselas simboliza el poder de la civilización Europea. Justo al lado, el barrio africado de Matongé es la antítesis del distrito de negocios. Una joven polaca muestra su visión sobre este entorno particular y novedoso para ella.

En Bruselas, este junio pasado, comenzaba una nueva cumbre europea. El sol se refleja en las impolutas cristaleras del Parlamento Europeo. Los periodistas hacen fila, esperando para pasar los controles del escáner de entrada. Después, el láser comprueba que hay en sus maletas. Orden y transparencia absoluta. El sueño burocrático de Europa.

Mientras tanto, solo a 500 metros de allí, el barrio de Matongé prepara su festival anual. Me dirijo hacia allí esperando formar parte de este encuentro cultural que, cada año a finales de junio, transforma esta parte de la ciudad en un pueblo africano. Al menos, eso leo en un foro en Internet. A solo 500 metros del centro de Bruselas, en la entrada del triángulo de calles formado por Chaussée d'Ixelles, Chaussée de Wavre y la calle de la Paix, me sorprende un cartel: “Matongé en Couleurs” (Matongé de colores)

Imagino el barrio lleno de negocios vendiendo productos hechos en África. Este fue el punto de llegada durante años de los inmigrantes africanos, en particular del Congo Belga. Espero encontrar verdaderas especialidades africanas, cocina africana de verdad y música de este continente. El día grande del festival del barrio, espero poder participar, junto con otros indígenas europeos, en un mundo multicultural, superando las fronteras y creando diálogo entre los diferentes gustos y culturas. 

Menos África de lo esperado

Alrededor de las 10 de la mañana, los primeros vendedores empiezan a montar sus puestos. Hay bolsos y zapatos, imitaciones de conocidas marcas; juguetes de plástico y animales de peluche made in China; coloridos pañuelos pakistaníes; brillantes tejidos de India; y todo tipo de bisutería y accesorios. Al medio día, cientos de personas se pasean entre los puestos, llevados en su mayoría por inmigrantes asiáticos.

El olor a cebolla recién cortada y salchichas asadas invade el aire y la música disco resuena desde los altavoces de los puestos. El único toque africano viene de una mujer congolesa con su hijo, vendiendo artesanía tradicional. Su puesto está un poco a las afueras del enjambre de tiendas, y no llama especialmente la atención de los consumidores. “Todavía no he podido vender nada”, dice.

Música rap agresiva y bailes brasileños

Por la tarde, hablo con un prometedor actor y cantante de una banda de jazz, The Peas Project. Kambisi Zinga-Botao, como otros muchos emigrantes de la República Democrática del Congo, llegó a Bruselas en los años noventa. No tuvo que preocuparse de buscar piso en Matongé cuando llegó. “Estos días apenas vengo por aquí”, dice, aunque no me quiere o no puede explicar por qué. Su mirada expresa cierta tristeza cuando lo dice. Sonríe al oír a su compatriota, sentado en la calle en una silla de plástico. “Alguien que no comprenda la cultura podría estar molesto viendo como se ocupan las calles. Pero esto es totalmente África. Allí, el tiempo no es una restricción”. Así que, ¿puedes seguir siendo africano y sentirte en Bruselas como en casa? Le pregunto. Kambisi se queda en un silencio cargado de contenido, y me llevo esta pregunta conmigo al salir de Matongé.

Por la noche, la presencia negra aumenta para el festival. Letras de rap agresivas suenan desde el escenario, y casi ningún blanco entre el público. No existe una celebración común ni un intercambio cultural. Los europeos blancos ya no pasean entre los puestos. “La gente tiene miedo de pasar por aquí de noche”, dice Swietlana, que lleva viviendo en Bélgica algunos años. Un grupo de jóvenes baila música brasileña detrás del MacDonalds. Me pregunto qué significa, hoy, la expresión ‘verdadera cultura africana’. En Matongé, no encuentro la respuesta.

Al día siguiente, me dirijo a la ciudad flamenca de Tervuren, a quince minutos de distancia de la capital belga y sede del Museo Real de África Central. Quiero saber lo que le ha pasado a esta cultura.

“Algunas culturas deben, de alguna manera, morir”

El Museo Real de África Central tiene una exposición especial este año. Hace exactamente 50 años, cuando todavía el Congo era una colonia belga, el rey quiso usar una exposición para justificar un control más profundo sobre la colonia. La II Guerra Mundial selló el fin de la preponderancia europea en el mundo, y los movimientos independentistas florecían en las colonias. La estrategia belga consistía en invitar a indígenas congoleños a Bélgica, donde eran presentados como gente autosuficiente, aunque no hasta el punto de pensar que la mano protectora belga ya no era necesaria. Hoy, el museo todavía enseña los fantasmales animales exóticos de ojos inexpresivos, como un monumento al rey Leopoldo II. Incluso hoy, sigue conservando una reputación de gran dirigente y civilizador. “Quizá nos moleste un poco”, dice un congoleño que vive en Bélgica. Los belgas a los que pregunté consideraban que era una parte de la Historia que no debía ser olvidada.

La Feria Colonial de 1948 en Bruselas también era sorprendente, tanto para belgas como para congoleños. La anterior mostró sonrientes, educados y bien vestidos esclavos. Los congoleños, por su parte, estaban estupefactos y abrumados por la cálida recogida. Ellos también pudieron ver a algunos belgas, sus antiguos amos, haciendo trabajos manuales, como cocinar o hacer camas.

Parecería que el abismo que en efecto separa a ambas naciones desde hace 50 años todavía no ha sido superado. “¿Cuál es la diferencia entre las culturas?”, le pregunto al concejal del ayuntamiento de Bruselas, Bertin Mampaka, de orígenes congoleños. “¿Qué culturas?”, contesta. “Mi mujer es belga. Nos vestimos con la ropa de las mismas tiendas y comemos hamburguesas juntos en MacDonalds. Eso no me causa ningún problema. Hay mucha gente que piensa así. Cada vez que hay algún pequeño problema de integración, es a nosotros a quien culpan. Deben abrirse a los blancos y tener amigos blancos. Deben trabajar el doble y mostrar que tienen éxito. Cuando dirigen un negocio, deben abrir puntualmente a las ocho. Algunas culturas deben, de alguna forma, morir”.