Sociedad

Chelas, un barrio no tan chungo de Lisboa

Artículo publicado el 15 de Abril de 2011
Artículo publicado el 15 de Abril de 2011
"¿Has estado en Chelas?" "Viví en Lisboa durante ocho años y nunca me atreví a ir allí",  dice Melinda, una estudiante de 23 años que llegó a Portugal con su familia desde Cabo Verde. Melinda no es la única que conoce la mala reputación de Chelas. Paseo por la otra cara de este barrio lisboeta.

Cabo Verde, Guinea, Santo Tomé, Zanzíbar, Angola, Mozambique... Portugal cometió muchos errores en el pasado al expoliar los recursos de algunos países africanos y ahora se enfrenta a una deuda moral que saldar. Debido a una lengua común y a una política de acogida favorable, un gran número de africanos inmigraron a Portugal, su país colonizador, con la esperanza de encontrar una vida mejor. Por lo general, la sociedad portuguesa se muestra bastante abierta hacia estos parlanchines africanos. "Aquí no existe el racismo, menos aún con los niños", explica Mais, una mujer de 40 años que, junto a su hija pequeña Camille, está sentada frente a su anciana madre Adelaide. Estas tres generaciones de mujeres permanecen en un pequeño puesto callejero donde Adelaide vende frutas y verduras. Su familia emigró de Cabo Verde hace tres décadas y ahora vive en el límite de la pobreza, subsistiendo con el poco dinero que obtienen de la venta de sus productos a otros vecinos de Chelas. Sin embargo, no se quejan de la vida que tienen allí. "Al menos Camille puede ir a la escuela con otros niños y estar segura aquí", afirma Mais en francés.

La vida diaria de Chelas

"Es peligroso moverse por aquí, especialmente después de las 7 de la tarde. No busques problemas, los encontrarás"

La primera impresión al salir del metro de Chelas es la normalidad: calles ordinarias, edificios de construcción típicamente portuguesa, gente sonriente y los habituales atascos de tráfico. "Es peligroso moverse por aquí, especialmente después de las siete de la tarde, así que no busques problemas, porque los encontrarás", me advierte Jorge Barbosa, un policía de la comisaría cercana a la salida de metro, "podéis quedaros sin la cámara de fotos con mucha facilidad, así que escondedla". Cuando ponemos rumbo hacia la zona sur, exclama a nuestras espaldas: "¡No vayáis allí!". El conductor del autobús lo corrobora: "No es un buen lugar para pasear", dice mientras desaparece entre los ruidos de los gases del tupo de escape, dejándonos en el corazón de la zona africana de la ciudad. Ahora, la arquitectura de los edificios parece algo diferente. Es gris, abrumadora, abandonada. Los transeúntes parecen estar merodeando. Los que hablan francés o inglés no demuestran mucho interés en las entrevistas. "Emigré aquí con mi familia desde Guinea hace veinte años", nos dice Nelson, un hombre de 64 años que habla francés y que se encuentra sentado ante una tienda de alimentación. "Nunca me imaginé cómo sería aquí nuestra vida. Simplemente vivimos el día a día, intentando no meternos en problemas y enseñando a nuestros nietos a ser gente de bien". En este barrio adormilado, casi aburrido, sólo hay un edificio que llama nuestra atención. Su fachada de color morado, amarillo, rosa y verde resulta chocante y es diferente de las construcciones que vimos alrededor, como una mariposa salida de su capullo. Un amplio camino lleva hacia su interior. El ambiente tranquilo de este barrio envuelve nuestro instinto de peligro, así que entramos para ver qué hay detrás de los muros del edificio.

¡Clic!

Parece que nos traslademos a una dimensión distinta. El patio está vacío, pero destila una sensación de ambiente cargado. Sólo rompe el silencio una sorda melodía de hip-hop que sale por alguna de las ventanas. ¡Clic!. Hacemos una foto y el caos disminuye. De inmediato, más de una docena de jóvenes negros aparecen por distintos lados del patio, escondiendo sus caras bajo las camisetas, corriendo hacia nosotros e increpándonos en portugués. Nos rodean y comienzan a empujarnos mientras intentan hacerse con las cámaras de fotos. Nos gritan, acusándonos de ser de la policía secreta. Podemos observar una ira salvaje en sus ojos inyectados en sangre. Cuando se percatan de que somos extranjeros, algunos de ellos empiezan a gritarnos en inglés. Entre tanto, intentamos defender nuestras cámaras y les convencemos de que nos hemos perdido por el barrio mientras visitábamos Chelas para ver cómo vive aquí la gente. Cuando conseguimos convencerles, se quedan allí, mirándonos y supervisando cómo borramos todas las fotos tomadas.

Al abandonar el edificio, su curiosidad nos da la iniciativa. Cuando les damos la mano, ganamos un poco de su confianza y comenzamos a preguntarles sobre sus vidas, raíces y problemas. Mostrando respeto, logramos iniciar un diálogo. "Hicisteis una foto de dos tíos que se estaban pasando droga", nos dice Dave, un joven británico que está en Chelas visitando a su familia; "aquí se vende ese tipo de cosas en todo el barrio". Haciendo referencia a la comisaría que se encuentra justo frente al edificio, Dave nos comenta que nunca se ve ningún policía por allí. "No entran aquí, nos tienen demasiado miedo". Hay unos cuantos chicos blancos entre el grupo compuesto principalmente por jóvenes de color. "Somos hermanos y hermanas, el color de la piel no importa", nos dicen. "Viven en la misma calle, van a la misma escuela y se enfrentan a los mismos problemas, así que ¿por qué odiarse?", añade Dave.

Alrededor hay chiquillos hablando y jugando sin miedo. Melissa, Neuza y Ugu, de 14 años, nos comentan que Chelas es su hogar. No les importa el origen de sus padres o el color de su piel. "Si eres de aquí, no tienes por qué temer nada", nos dice Melissa, "solo aceptar y respetar a los demás". Mi paseo termina con un nombre, el de una calle flanqueda por tiendas, donde está la escuela, la guardería, la comisaría, el nido de los traficantes y la frutería: es la Avenida de Juan Pablo II.

Este artículo se publicó por primera vez en el blog Europeinmotion

Fotos: © An-Sofie Kesteleyn