Sociedad

El problema gitano en Italia: en el barrio de Ponticelli después de la quema

Artículo publicado el 22 de Mayo de 2009
Artículo publicado el 22 de Mayo de 2009
Día Mundial de la Cultura Gitana. Reportaje desde Ponticelli, barrio gitano en las afueras de Nápoles, para entender mejor lo que queda tras los linchamientos, los incendios, los encarcelamientos y los desalojos forzosos

En Ponticelli, los días de lluvia, el rumor de las gotas estrellándose contra el tejado de las barracas podía oírse hasta el centro. De los trece campamentos gitanos que circundaban la periferia napolitana en mayo de 2008, solo quedan tres, tal vez cuatro. La huída de los 'cíngaros' de estos parajes se deja sentir de la forma más evidente: fuera rulots, fuera chabolas, adiós al ruido de las chapas que no dejaba de fastidiar al vecindario.

Los mandamos fuera

Cuando pedimos a Gianni indicaciones para llegar a la calle Virginia Woolf, nos precisa: "Si vais por los gitanos, no encontraréis nada. Los mandamos fuera. Quemamos todo después de que huyeron". Los periódicos nacionales han hablado poco de la quema en mayo. De cómo uno a uno, niños, hombres, ancianos, mujeres, fueron cogidos, sacados fuera de las casas y empujados a huir. Algunos solo se alejaron unos metros esperando que la rabia de los italianos se calmase: lo que vieron, sin embargo, fue cómo volvieron por la noche para entregar a las llamas lo que no habían destruído a mediodía. Desde su 'kampina' ( como suelen llamar los gitanos a la caravana) son visibles los signos del incendio provocado el pasado 13 de octubre en el campamento bajo el puente de la autopista A3 de Nápoles a Salerno. "Nos quieren mandar a todos fuera. A todos. Ya no nos quieren aquí. Por la fuerza: '¡Iros, iros!’, gritan. Han vuelto a llamarme ‘Ladrón de niños’. A mi padre también lo llamaban así, pero pararon. En Nápoles estábamos bien". En Nápoles estábamos bien, repite varias veces. Estuvimos bien hasta que una chica gitana fue acusada de haber intentado 'robar' un niño. Tras este episodio ocurrido en Ponticelli el pasado 10 de mayo, la intolerancia de la población hacia los nómadas, que llevaban viviendo años en la periferia, es cada vez más violenta, y se ve respaldada por la propaganda populista y racista del partido de la Liga Norte que forma parte del Gobierno.

Medidas de seguridad: expedientes y desalojos

Como consecuencia de los hechos de la primavera pasada, la policía ha llevado a cabo encarcelamientos, desalojos y fichajes en todo el territorio de la península, de Milán a Foggia y de Nápoles a Roma, gracias a decretos e iniciativas administrativamente aprobados y que parecen contar con la aprobación popular. Nico sostiene en sus brazos a su hija Sara (Sara es la madre del pueblo gitano) mientras nos cuenta su vida durante la última mitad del año: "Querían tomar las huellas de nuestros hijos, pero, ¿para qué? Son niños, viven con nosotros. Vivimos de la misma manera. No nos aprovechamos de nuetros hijos". Sara tiende la mano con la palma vuelta hacia el otro: es el gesto del pedigüeño. Con solo un año de vida, ya sabe cómo pedir limosna. Recibe una monedita pero la deja sobre la mesa señalando, en su lugar, el bolígrafo. "Vivimos de la caridad. Si pudiésemos trabajar, si alguien nos ofreciese trabajo, no pediríamos limosna. Aunque si tuviésemos quizá la pediríamos de todas formas: el ser gitano es así. Es así como creció mi abuelo, y el abuelo de mi abuelo, y mi padre… Así están creciendo mis hijos. Tender la mano para pedir ayuda no es robar. Vivir entre ratas, sin aseos, con las garrapatas siempre detrás, no es nada divertido. Tú que me estás viendo ahora, ¿ves un rico que se divierte haciendo de mendigo". 

"Querían tomar las huellas de nuestros hijos, pero, ¿para qué? Son niños, viven con nosotros"

"Mendigo" lo pronuncia a la napolitana. Nico sabe bien lo que se dice de los gitanos: falsos pobres que poseen grandes riquezas. "Somos los que tienen dinero. Somos los delincuentes, ya que en Nápoles hay tantos. Y hasta a los napolitanos que roban los llaman 'zínga’r'. ¿Muchos o pocos? No sé. pero sé que a menudo no tenemos qué comer, que no puedo lavarme, que me han apaleado, que la gente me mira mal, que miran a mi mujer y a mis hijos como condenados. Si Anna sale para pedir limosna y se hace tarde, salgo a buscarla pensando: "ya está, la han detenido por explotación de menores y se llevan a mis niños", prosigue.

Antes de entrar en la caravana, Anna y su hija se quitan los zapatos, Julia pone las monedas delante del dad (papá, en romaní), deja los cruasanes que no vendieron encima de una silla. Después, sonríe. Nico se levanta para ver lo que está pasando fuera: "Se están yendo otros seis", una furgoneta Ape Piaggio gana la carretera que lleva al centro cargada de paquetes y personas. "Vuelven a Rumanía. Cogen un autobús barato". Los autocares son los gestionados por la agencia Atlassib, extendida por buena parte del territorio europeo, con destino a Bucarest. En Italia, cada noche a las 22.30, sale uno de Tarento que cruza toda la península y deja entre Hungría y Rumanía decenas de apenados gitanos. "Yo no vuelvo a Costanza (ciudad rumana al borde del Mar Negro). No tengo dinero para pagar cuatro billetes, y tampoco quiero. Berlusconi no debería mandarnos a nosotros a Rumanía, debería coger a los italianos que en Rumanía roban y estiran la mano así", dice plegando los dedos, dejando el índice delante y el pulgar en alto, simulando una pistola, "¡Bum!"