Sociedad

Gentrificación en Berlín-Kreuzberg: simplemente, ¡largo de aquí!

Artículo publicado el 9 de Febrero de 2010
Artículo publicado el 9 de Febrero de 2010
Cuando el que fuera un barrio de culto se convierte en una atracción turística, los auténticos y añejos berlineses se dan a la fuga en busca de la autenticidad. Ésta es la historia de una mudanza

Me he mudado. Una actividad que el berlinés corriente realiza por lo general cada seis meses. Aguanté nada más y nada menos que seis años en la caótica, pero muy interesante,  Oranienstraße, en el barrio de Kreuzberg. Durante ese tiempo, desde la ventana de mi piso compartido, pude observar los sábados por la mañana accidentes de coche, manifestaciones cargadas de rabia o transvestidos dando tumbos. Mis bicicletas fueron robadas regularmente o acabaron convertidas en bizarras esculturas tras ser atropelladas por los coches. En una ocasión, un pony, que se había escapado del zoo situado en la Adalberstraße, recorrió lleno de pánico toda mi calle.

(Foto ©Juan Ferrer./flickr)

Ahora sólo digo: 'gentrificación'

Todo empezó con la cadena de restaurantes indios AMRIT. Después, abrió un restaurante Ayurveda. El punto de encuentro antifascista se convirtió en un café internet y las tiendas de diseño de ropa se multiplicaron. La sala de conciertos SO36, centro de fiestas y toda una institución berlinesa, estaba de repente amenazada por el cierre. Finalmente, un martes por la mañana, un bus turístico giró en la esquina y sus ocupantes me saludaron alegremente. Entonces decidí mudarme de esta gentrificada calle. Si los recién llegados estudiantes y los turistas-de-cinco-días llegados desde toda Europa se van de fiesta a los elegantes bares abiertos en mi calle y después echan la pota ante las puertas de las casas, nos vemos obligados a irnos a una nueva y prometida tierra: Neuköln o mejor aún, Kreuzköln. Allí los bares todavía están por descubrir, las familias turcas son numerosas, la primera estación de metro está situada a 900 metros de distancia y los edificios tienen 100 años y no han sido renovados ni una sola vez.

Nos concedieron en seguida el piso elegido con vistas al canal, después de que el dueño nos lanzase la increíble pregunta: “¿Y ustedes dos realmente tienen trabajo?”. Ya durante la mudanza quedó claro que éramos diferentes al resto de vecinos del edificio. Nuestros antiguos muebles de madera(robados a nuestros abuelos), el piano y las cajas llenas de libros en seguida despertaron un falsa impresión entre nuestros futuros vecinos. Nuestros ayudantes en la mudanza fueron recibidos con gestos despectivos y, nosotros, con punzantes preguntas: No, no venimos del sur de Alemania; no, incluso somos originarios de Berlín y, es cierto, tenemos trabajo, pero sólo con contratos temporales. Después de las aclaraciones pertinentes, el dueño de la casa, que se dio cuenta del potencial de la zona, nos propuso la oferta de la vivienda. Los antiguos inquilinos debían irse y unos nuevos, con mayor poder adquisitivo, debían entrar a vivir. Si nosotros ya pagaríamos 100 euros más por el alquiler, ¿qué pasaría en el futuro con el resto de viviendas?

(Foto ©Songkran/flickr)

Las preocupaciones de los inquilinos están absolutamente justificadas. El parque situado frente al edificio, antes lleno de yonquis, se ha convertido en una zona de columpios. Muchas familias se han mudado al barrio, la cercanía del canal hace aumentar los precios y abren cada vez más tiendas de cara ropa infantil y bizarros ‘espacios artísticos’. El dilema de cualquier vanguardista: abrir un taller de arte o una tienda alternativa atrae a más estudiantes, artistas y, finalmente, a la burguesía dispuestas a pagar caros alquileres. Esto es a lo que se llama ‘gentrificación’, que también se denomina ‘aburguesamiento’, ‘elitización’ o, más claramente, encarecimiento de un barrio.

Los antiguos habitantes se siguen marchando del barrio, que acaba ‘quemado’. Ese proceso no ocurrirá tan rápido en mi calle, pues sólo a cien metros al sur de nuestra casa la zona sigue sin sal dos semanas después de la llegada del invierno y varios sofás continúan tirados en la aceras desde el año pasado. Sin embargo, cuando la pequeña y mugrienta cafetería con ese café tan bueno cerró la semana pasada, dejamos de tenerlas todas con nosotros. El comentario del barbudo y siempre al tanto arrendador confirmó nuestras sospechas: “Yo simplemente digo: gentrificación”.

Lee a Sébastiens Antwort y Christiane sobre el tema de la  gentrificación en el babelblog de Berlín.

Fotos ©bhrgero/flickr; ©Juan Ferrer./flickr; ©Songkran/flickr