Sociedad

La Europa de los muertos en el trabajo

Artículo publicado el 9 de Diciembre de 2008
Artículo publicado el 9 de Diciembre de 2008
Mientras se mira a Dinamarca como profeta de la flexiseguridad, son pocos los que dicen que en la "nación más feliz del mundo" (según un estudio de OMS-UNESCO) en el 2006, las muertes en el trabajo aumentaron por tercer año consecutivo, los accidentes comunes por cuarto, y los graves por cinco. Un panorama de la Europa de la inseguridad en el trabajo

El laborista David Blunkett, ministro del interior Británico, afirmaba el septiembre pasado que “todos deben trabajar hasta que no sean físicamente capaces”, sosteniendo que esto mantendría en forma a la población. En muchos casos querría decir trabajar hasta la tumba. Pero el trabajo sigue ocupando la vida de los europeos, cuando la polémica sobre las 65 horas no se ha apagado aún. “Produce, consume, muere” cantaba en los años ochenta el grupo punk italiano CCCP. Según los datos de la OMS (Organización Mundial de la Sanidad) entre los años 2003-2005 los muertos ‘legales’ en el trabajo en la Unión Europea fueron 18.648, los accidentados casi 14 millones.

(Astride Westvang/flickr)Haciendo un balance sobre muertes anuales por cada cien mil habitantes, el país donde es más peligroso trabajar es Portugal (3,2): le siguen los países Bálticos y Malta entre 2,2 y 2,8. Oscilan entre 1,8 y 1,9 República Checa, España y Rumanía, naciones que presentan una situación ligeramente peor que Bulgaria, Irlanda, Italia, Chipre, Austria y Eslovaquia, que se colocan en torno a la media europea (1,5-1,6). ¿Los más seguros? Son Reino Unido (0,3) y Países Bajos (0,4).

Las muertes silenciosas

Estas cifras no incluyen un número de muertes imposible de definir: la de los de trabajadores ilegales, a menudo inmigrantes clandestinos, cuyos cuerpos hacen desaparecer, ocultos por quienes les dan el trabajo o por los intermediaros en el reclutamiento. Los familiares difícilmente consiguen transmitir a las autoridades locales la desaparición de los queridos, por problemas lingüísticos, porque no saben con exactitud donde estuvieron empleados, por el laxismo de autoridades que en ocasiones hace la vista gorda respecto a estos problemas y por la dificultad de afrontar viajes costosos. Alrededor de 100 polacos desaparecieron en los campos de la Apulia –el tacón de Italia– donde se cultiva el tomate, y 14 fueron deportados muertos en circunstancias misteriosas. Las cartas de los parientes a los órganos institucionales quedaron sin respuesta, al menos hasta que la policía polaca no decidió en 2006 publicarlo en su propia página web. Alessandro Leogrande ha dedicado al caso su libro de investigación Uomini e Caporali (Mondadori, 2008), pero el problema concierne a toda Europa, también porque son “muchas las chicas exhaustas haciendo la calle. Y con los cuerpos llevan armas y droga, el tríptico de las mafias”, escribe Paola Zanuttini en Il Venerdì di Repubblica. Las cifras de la OMS no incluyen ni siquiera las muertes por enfermedades profesionales, que según los cálculos de la Agencia Europea por la Seguridad y la Salud en el Trabajo son alrededor de ciento cuarenta mil al año.

Catástrofes olvidadas

(obbino/flickr)Según la OMS, la mitad de las muertes tienen lugar en dos sectores: la construcción (30%) y la industria (20%). Y si el primer sector se caracteriza por el elevado número de trabajadores ilegales, sin poder contractual y víctimas del caporalato (en la Italia meridional, sistema de para aprovechar la mano de obra agrícola, reclutada ilegalmente por intermediarios y pagada por debajo del mínimo previsto por la ley), el segundo es el lugar de los accidentes que más golpea a la colectividad. Las catástrofes debidas a incendios, explosiones y dispersiones de sustancias químicas son numerosas, y frecuentemente tienen repercusiones en el ambiente y la salud de los habitantes. A menudo se recuerdan solo aquellas que han tenido muchos muertos: los 28 de la planta química de Nypro en Flixborough en Inglaterra en 1974, o los 23 del depósito de SE Fireworks de Enschede en Holanda en 2000. Por desgracia, se trata de tragedias cuya resonancia rara vez traspasa las fronteras nacionales para que se asuman en una conciencia colectiva europea. Conciencia que debería tener en cuenta también los desastres acaecidos fuera de la UE: desde el más sangriento, el desastre de Bhopal en la India que provocó más de 2.000 víctimas y decenas de millares de envenenados con consecuencias mortales, hasta el más reciente, las explosiones en el depósito de armas de Gerdec en Albania en el que el 15 de marzo de 2008 murieron 23 personas. En ambos casos se trata de plantas no operativas, y en ambos casos había implicadas multinacionales americanas, respectivamente la Union Carbide (adquirida más adelante por la Dow Chimical) y la Southern Ammunition Company. 

¿Los medios de comunicación europeos son sensibles al problema? 

No lo son en Polonia, donde los accidentes mineros se consideran “normales, no hablamos mucho de ello” dice Anna de Cracovia, y el desastre de Halemba de 2006 (el peor desde los setenta; una explosión de grisú provocó la muerte de 23 personas) en Ruda Śląska no parece haber conmovido particularmente la opinión pública. No lo son ni siquiera en España, donde el número de muertes en el trabajo –aunque en disminución– sigue siendo elevado, sobre todo en la construcción y en los transportes. Lo eran todavía menos en Italia, al menos hasta el incendio en la planta turinesa de ThyssenKrupp en diciembre de 2007, evento que despertó un interés por la temática de las "muertes blancas": libros, películas, reportajes de televisión y artículos sucedieron a la conmoción y a la rabia. Fue una reacción similar a la tragedia de Toulouse del 21 de septiembre de 2001, donde una explosión en la planta química ATZ del grupo Grande Paroisse, filial de Total, provocó la muerte de 29 personas. Pero la falsa pista terrorista (fomentada por el Ministro Yves Cochet y por los periódicos Le Figaro y Le Parisien), junto a los acontecimientos de Nueva York desviaron la atención del tema de la seguridad laboral. La Grande Paroisse y el director de la planta Serge Biechlin tienen que ser sometidos aún a proceso (debería haber comenzado el 28 de septiembre ante el Tribunal Correccional de Toulouse, pero fue aplazado hasta el 23 de febrero de 2009).