Sociedad

Vivir en Dinamarca entre el cuento de hadas y la realidad

Artículo publicado el 2 de Diciembre de 2009
Artículo publicado el 2 de Diciembre de 2009
El mito de la tierra de Andersen y de Hamlet crece en el corazón de quien la vive por trabajo o por estudio

Dinamarca es realmente el país de los cuentos de hadas, y no solo porque ha dado a luz a Hans Christian Andersen: economía estable, equidad y justicia social son la clave del éxito del país más feliz del mundo. A pesar de los melancólicos cielos plúmbeos, la lluvia sutil y constante, las nubes veloces impulsadas por un viento casi implacable, el pequeño Reino de Dinamarca atrae la atención de muchos que, reclamados por la imagen de una sociedad equilibrada y moderna, deciden dedicarle un periodo de estudio o incluso mudarse definitivamente a la tierra de Hamlet.

Apéndice norte de Europa, Dinamarca es un puente cultural entre el continente y los reinos escandinavos, a los cuales se une no solo por historia y cultura sino también por el estado de bienestar que les ha hecho famosos y del cual están orgullosos: la elevada presión fiscal al 48,9 por ciento en el 2008 (datos de la OCDE), unida a la baja evasión, permite el mantenimiento de un costosísimo pero envidiable sector terciario que ofrece un servicio público más que deseable.

Ser estudiante en Dinamarca

La universidad en Dinamarca es gratuita para los ciudadanos de la Unión Europea y las instalaciones están súper equipadas: aulas espaciosas, zonas de relax y salas de informática con cientos de fotocopias gratuitas por semestre para cada estudiante. "Tienen materiales y laboratorios de investigación que en Bolonia solo pueden soñar", resume concisamente Alessandro, alumno de posgrado italiano en Aalborg. El Estado danés invierte millones de coronas cada año no sólo en las instalaciones sino también directamente en las personas: los estudiantes daneses reciben un subsidio estatal, el SU, que proporciona 5.000 coronas mensuales (cerca de 700 euros) como ayuda para los estudios. Por ello basta un trabajillo, con contrato para estudiantes de quince horas semanales para ser autónomos y económicamente independientes.

Al empezar la universidad, pues, se abandona el nido materno para iniciar la propia vida, aunque bajo la protección del Estado socialdemocrático: los jóvenes daneses son mimados, o mejor dicho, dulcemente acompañados hasta la edad adulta. Los errores se permiten pero se tiene la seguridad de caer de pie. También es por esto que no existe prisa por acabar los estudios, se pueden permitir el tomarse uno o más años sabáticos, y no es extraño tampoco que se vuelva a estudiar en el umbral de los treinta, después de pasar cinco años trabajando aquí y allá por el mundo.

Luces y sombras del pueblo más feliz del mundo

En Dinamarca la lógica de la competición no está arraigada, los niños crecen tranquilos, sin presiones, conscientes de que “hay sitio para todos” y no es necesario pisotear al vecino o jugar sucio para obtener un trabajo. A los jóvenes daneses se les ha dado la posibilidad de seguir su propio modo de vida: tienen tiempo de viajar, aprender, hacer descubrimientos antes de convertirse en adultos y formar una familia. Un estilo de vida sobrio que huye del lujo y antepone los placeres sencillos como pasar tiempo con la familia y hacer deporte: este es el secreto de la alta calidad de vida en Dinamarca.

Una moderación que parece no tener validez en lo que respecta al consumo de cerveza, entre los más altos del mundo. Como el resto de Escandinavia también Dinamarca sufre los problemas sociales ligados al excesivo consumo de alcohol, cuenta Moritz, estudiante alemán Erasmus: “Debes beber al menos cinco cervezas con ellos para hacer amistad, o incluso solo para acercarte a ellos”. No es solamente por costumbre, la borrachera semanal es también un método común para reducir las inhibiciones y “dejarse llevar”, como confirma Asta, estudiante lituana que lleva tres meses en Dinamarca.

Un equilibrio precario

Algunos extranjeros piensan que los daneses son unos mimados que no se dan cuenta de la suerte que tienen. Otros, por el contrario, creen que de esta 'suerte' los daneses son muy conscientes y, es más, la perciben como un derecho que deben defender a toda costa. La posición templada de Dinamarca frente al proyecto europeo nace precisamente del temor de que una ciudadanía común suponga el peligro, o incluso decrete el fin del envidiado modelo danés. Es un equilibrio precioso y delicado, puesto a prueba duramente por las olas migratorias de las últimas décadas: el 9 de noviembre pasado el periódico Politiken hablaba sobre la asignación del gobierno danés de 2,7 millones de euros para gastos de repatriación de los ciudadanos extra comunitarios que renuncien al permiso de estancia permanente. Desde 2007, año récord de la inmigración en el reino escandinavo, se han establecido reglas más severas relativas al permiso de permanencia en el país y la solicitud de ciudadanía, normas fuertemente solicitadas desde el partido nacionalista Danske Folkeparti (partido del pueblo danés).

El reino de los cuentos de hadas tiene súbditos bellos, felices, educados y serviciales, aunque el alto grado de discreción parece hacer más difíciles las relaciones personales y la integración. A los daneses no les falta cierta apertura mental y espíritu moderno: solo nos queda esperar que el castillo no se convierta en fortaleza, y que el aura de cuento de hadas de urbanidad y equidad que reina en Dinamarca continúe envolviendo esta espléndida tierra.