Sociedad

Wendy: sueños europeos de una transexual ecuatoriana

Artículo publicado el 17 de Agosto de 2017
Artículo publicado el 17 de Agosto de 2017

Wendy nació en el cuerpo equivocado. Desde su infancia en Ecuador, en los años ochenta, lucha para que sus allegados reconozcan su verdadera identidad femenina. Wendy huyó de un país donde la homosexualidad era ilegal hasta 1997 y decidió rehacer su vida en Europa. Tras veinticinco años como trabajadora sexual, hoy se siente orgullosa de la mujer en la que se ha convertido.

Un retrato elaborado por el medio de comunicación Sans_A.

El mordisco fue profundo. Más profundo que los que infligen los perros callejeros de los suburbios de Guayaquil, la ciudad más importante de Ecuador. Fue invisible, tenaz. Fue el mordisco de la vergüenza. En aquel mes de diciembre de 1985, Leo*, de diez años, estaba allí, de pie, en el aula magna de su colegio. Se estaba celebrando una reunión de profesores y alumnos al acabar el curso. Entonces, la directora avanzó y, sin compasión y con intención de hacer daño, anunció: "Leo es un niño que cree ser una niña". El secreto se reveló. El peso de las miradas la sumergió en la vergüenza. Leo temblaba de cólera tras el discurso y, en un intento por liberarse del mordisco, pegó un puntapié a la directora como represalia por la humillación.

"Con solo tres años, ya sabía que era una mujer nacida en el cuerpo de un hombre", comenta Leo o, mejor dicho, Wendy*, como se hace llamar desde que empezó a trabajar. Wendy tiene hoy cuarenta y dos años. Con picardía en su mirada y realzando la mandíbula, tamborilea las uñas contra la mesa de café. Wendy se ha instalado en un acogedor apartamento situado al fondo de un pequeño patio, en el centro de Nantes. Aquí es donde vive y recibe a sus clientes. "Ancianos, jóvenes, negros, blancos, con cualquier tipo de profesión", detalla. Pagan el servicio a 150 euros la hora. "Es más caro que el de las chicas del Este, que hacen la calle por 50 euros, pero, en mi casa, ofrezco confort, discreción y una ducha". Se recoloca uno de sus alborotados mechones castaños y resopla: "Hace veinte años que ejerzo este oficio".

Encerrada en un cuerpo de hombre

Hace también veinte años que dejó su Ecuador natal. Su familia tenía un bazar en la planta baja de su casa, en un popular barrio de Guayaquil. "Éramos pobres, pero yo no lo sabía", explica ella. "Cuando eres pequeño, riqueza o pobreza son conceptos desconocidos", continúa. Sus padres se divorciaron siendo jóvenes. El padre abandonó el hogar y la madre se marchó a trabajar a Venezuela. Fue entonces cuando Leo pasó al cuidado de su abuela y de su tía, profesora en el colegio donde ella iba a clase. Su cuerpo de chico la incomodaba. "A los diez años me preguntaba qué me pasaba. Al contrario que a mis compañeros, las chicas no me atraían, el fútbol tampoco. Los transexuales nacen con ese sentimiento de diferencia. Los otros dicen que somos raros y nos acostumbramos". Wendy evitó las burlas uniéndose a una banda de maleantes con los que salía de marcha por el barrio. "Nos rebelamos contra el orden injusto. En aquella época, Ecuador era un lugar marcado por el conservadurismo y la hipocresía, donde la homosexualidad suponía la pena de cárcel y la educación sexual se resumía a que había que llegar virgen al matrimonio".

Esa banda era como un caparazón protector para ella. "Me vestía como un chico, pero los adultos pensaban que era una chica. Mis compañeros no me hacían sufrir por ser diferente. Son los adultos los que condenan, los niños no juzgan. Si algunos son maliciosos, es por culpa de sus padres y de la intolerancia que les han inculcado". Su actitud era molesta. Los vecinos hacían comentarios desagradables. Le hubiera gustado explicarle a su familia que tenía la certeza de que es una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre. Sin embargo, creía que era algo imposible porque temía herirles o sufrir represalias. Como confiaba en su profesora, decidió hablarlo con ella "porque es una mujer, es culta y yo creía que podría entenderme". Le pidió que lo hablase con su tía, que era profesora en el mismo colegio. Sin embargo, en su lugar, la profesora informó a la directora, que humilló a Wendy delante de todo el colegio. "Después del puntapié, me expulsaron".

Comenzó un lento descenso al infierno. "Mi tía sufrió por la noticia; no sabía cómo reaccionar. Entonces, me llevó a dos psicólogos que no comprendían lo que yo estaba viviendo. Me pusieron electrodos en la cabeza e incluso quisieron administrarme hormonas masculinas. No iban a darnos ninguna solución. Yo tampoco quería reprocharle nada a mi tía pues era la única opción que podía ofrecerme". Ni los electrodos, ni las hormonas ni los psicólogos hicieron efecto. Leo siempre se sentía mujer. Por eso, su tía decidió inscribirle en un colegio profesional católico. No obstante, el intento fracasó de nuevo: Wendy se fugó para no tener que aguantar un castigo humillante. "Recogí mis cosas y me marché de casa con once años. Quería convertirme en una mujer y fugarme parecía la única opción".

Bajo el ala de la comunidad trans de Guayaquil

Encontró refugio en casa de Erika, una peluquera transexual que conoció en un bar clandestino de Guayaquil. "Por aquel entonces, la mayoría de los transexuales regentaban salones de belleza", recuerda. "Era una de las pocas profesiones que los gais y trans podían ejercer sin ser perseguidos". Erika acogió a Wendy bajo su ala. "Tenía una habitación detrás del local donde me alojó. Todos los días, participaba en las tareas del hogar. Barría el salón, hacía la compra… Ella me enseñó cocina y peluquería. Esta última se convirtió en mi profesión". Wendy aprendió a vivir sola, pero extrañaba a su familia. "Sufría por no poder verlos, sobre todo por saber que no intentarían encontrarme. Sin embargo, era fácil porque no estaba tan lejos de ellos. Quizás sabían que no podían hacer nada por mí, que debía sentirme muy sola".

Una mañana como otra cualquiera, Wendy observaba a los curiosos que transitaban la calle desde la ventana de su habitación. De repente, sus cabezas se giraron y todas las miradas se posaron sobre un ser de gran belleza. "Ella caminaba despacio, con seguridad. Estaba de moda el break dance. Llevaba un chándal espectacular y muchas joyas. Recuerdo su rostro como si fuera ayer. Tenía el pelo largo y parecía uno de los ángeles de Charlie. Su estilo era andrógino, muy moderno y glamuroso. Un transexual. Ver aquello me sorprendió. ¡Me dije a mí misma que yo quería ser así! No volvería a casa hasta que no consiguiera ser como ella: una mujer rica y hermosa".

A finales de los años ochenta, una ola de despedidas sacudió la comunidad transexual ecuatoriana. La mayoría de los representantes de la comunidad dejaron su trabajo y su hogar para vivir la aventura europea. "Fue algo así como una moda", dice Wendy. "Todo el mundo se marchaba para ejercer la prostitución en París. Nunca antes me había prostituido, pero la curiosidad me llevó a seguir el movimiento". Wendy consiguió un visado de turista para Holanda y le pidió dinero prestado a un amigo para pagarse el billete de avión. "Resultó muy complicado encontrar un visado francés. Por eso, todos pasamos primero por Ámsterdam". Se cobijó con unos amigos ecuatorianos y empezó a trabajar de inmediato.

"La primera vez fue como un juego. Ves a esos hombres tan monos que te van pagar y es reconfortante. Sin embargo, cuando entras en lo que es el acto íntimo, es chocante porque haces cosas a las que no estás acostumbrada. Un hombre va a tocar tus partes… No era la primera vez que me acostaba con hombres, pero fue muy diferente, incluso aterrador. Nada que ver con una relación amorosa. Veníamos de un país conservador y Holanda era más abierto, más cruel también. Encuentras la libertad sexual y descubres un cuerpo distinto".

El infierno del Bosque de Boulogne

Wendy se quedó dos semanas en Ámsterdam antes de embarcarse en la aventura francesa con una amiga. Encontraron un pasante de fronteras que las llevaría a Bruselas: mil dólares por viajar hasta París. Se apretujaron junto a otros tres transexuales latinoamericanos dirección al Bosque de Boulogne. "Cuando llegué a París, aquello era el infierno, ¡un horrible infierno! Debíamos trabajar en la calle con un frío terrible, contra los árboles. A veces, durante el acto, te dabas cuenta de que había una quincena de hombres mirando y masturbándose. Lo dejas estar ya que, al fin y al cabo, es lo que has visto en el porno". Recuerda que la policía asustaba a los clientes. Los policías perseguían a las prostitutas por el bosque. "En aquel entonces, las arrestaban todos los días". Después de un mes jugando al gato y al ratón, detuvieron a Wendy y la metieron en prisión preventiva en Nanterre. Pasó quince días aislada por su condición de transexual antes de que la mandaran de vuelta a Ecuador. "Todos los trans tenían como objetivo ganar bastante dinero para ayudar a sus familias, que se quedaron en sus países de origen". Wendy volvió a la casilla de salida.

Retomó su trabajo en el salón de belleza y aprovechó la ocasión para recuperar el contacto con la familia. Se reencontró con su madre, a la que no veía desde que se fugara con once años. La conversación fue cordial, casi agradable. "Me dijo que me aceptaba tal y como era. Aquello me alivió". Wendy descubrió que su padre también quería volver a verla y lo invitó a ir al salón con la idea de vengarse por los quince años de ausencia. Se puso una minifalda, un buen escote y se maquilló como una puerta. "Cuando entró, le di los buenos días, pero no me reconoció. Se sentó y, tras unos minutos se me acercó y me dijo: “Eres tú”. No estaba enfadado pues es un hombre culto, contable en una empresa. No tuvo más opción que aceptarme tal y como era; él ya lo sabía. Es una lección que aprendí entonces: si te aceptas a ti mismo, los demás también te aceptarán".

Un sueño transatlántico

Dos meses más tarde, Wendy se lanzó de nuevo a la aventura europea y aterrizó esta vez en Bruselas. Era 1989 y la ley de Bélgica era más tolerante con la prostitución, lo que permitió a Wendy ganar 33 000 francos belgas al día (unos 1.000 dólares de la época). Alquilaba habitaciones y ejercía de manera independiente durante tres meses, hasta el vencimiento de su visado. "Luego, salíamos del país y conseguíamos otro visado en Dinamarca, por ejemplo". Era una técnica que permitía que se quedara en Europa sin riesgo de ser mandada de vuelta a su país. Durante cinco años, Wendy cruzó el continente en avión para trabajar en Ámsterdam, París, Bruselas, Amberes, Luxemburgo, Madrid, Barcelona, Ginebra, Zúrich y Basilea. Fueron buenos tiempos.

Deseaba establecerse en Francia, pero la amenaza de cárcel la empujó hasta España. Se declaró ama de casa con el fin de obtener los papeles, aunque continuó ejerciendo la prostitución con discreción. Intentó encontrar una nueva profesión, una más común, "pero siendo extranjera y transexual, ¿qué otro trabajo se puede encontrar? Los jefes te miran como a un bicho raro". Pasaron los años, Wendy pagó sus impuestos y obtuvo la nacionalidad española. Un lujo que le permitió viajar y asentarse donde a ella mejor le pareciera en Europa. Una vez su situación fue estable, decidió traerse a su familia. "Encontré una vivienda en Ibiza para mi madre. Además, traje a mis primas, mis tías y mis tíos a España. Ahora, en Guayaquil, tener un hijo transexual está bien visto porque trae dinero y cosas bonitas de Europa".

A veces, Wendy regresa a Francia, ya que "allí tengo la mayoría de mis clientes", confiesa. "Los franceses adoran a los transexuales; fantasean mucho con nosotros. Son menos sociables que los españoles, pero bastante más cálidos en la intimidad. Los franceses, siempre curiosos, dicen: 'Quiero probar, solo probar'. Sin embargo, vuelven una y otra vez con eso de probar". La rutina del trabajo despierta los vicios. Wendy se mantiene alerta para evitarlos y, por eso, rechaza proposiciones indecentes o peligrosas. "Algunos clientes quieren hacerlo sin preservativo o te piden que te metas una raya de coca. Yo me niego. Tengo amigas que han acabado sucumbiendo a las drogas y al alcohol. En el mundo de la prostitución, si no estás atento, puedes autodestruirte. Los demás quieren aprovecharse de tu belleza y de tus debilidades y, cuando lo consiguen, acabas convirtiéndote en un fantasma".

Tacones de aguja

Lidia con las inclemencias del oficio como si fuera un negocio. "No asumo riesgos: no pago más de lo que puedo permitirme y velo por mi higiene. Debes prestar atención al producto que vendes…" Retira la cafetera del fuego y continúa: "Pero no solo vendo mi cuerpo. Los hombres no vienen por el sexo. El sexo solo es el final del trabajo. Lo que yo vendo en realidad es apertura. Lo que no pueden hacer en sus casas lo hacen conmigo. Un marido al que le gusta disfrazarse de mujer, pero que no se atreve a contárselo a su esposa, ve su deseo realizado gracias a mí. Hago que se sienta cómodo. Los trans poseen un aura misteriosa para muchos hombres".

Wendy renunció al Bosque de Boulogne y al estrés de la vida parisina para asentarse en Nantes. Llegó por casualidad, pero se quedó por la tranquilidad. Allí, no se mezcla con las demás prostitutas por miedo a que la policía piense que se trata de una mafia. "Si yo meto a otra chica en mi casa como compañera de piso, pueden acusarme de proxeneta". Por eso, vive sola con Wesley, su perro, que se escapa por el ventanal del patio. Wendy lo coge antes de ponerse a jugar con él. Le puso ese nombre en honor a Wesley Snipes, un actor americano de películas de acción. No obstante, jura que su vida se parece sobre todo a un film de Almodóvar, del que aprecia su sensibilidad. "Es irónico y cuenta verdades maquilladas. Como hacemos nosotros, los transexuales".

El regreso de la mujer pródiga

Hoy, se niega a hacer la calle y tampoco acude a la casa de los clientes. "Tengo miedo a que me maten y me entierren en el jardín", dice susurrando. "Todos los días se corren riesgos en esta profesión. Puedes toparte con psicópatas. A mí nunca me han robado o violado, pero conozco muchos colegas a los que les ha ocurrido". Solo utiliza webs de anuncios clasificados, ya que, en caso de tener problemas, su condición de europea le permite llamar a la policía sin miedo. Como católica practicante, deja también un cirio encendido sobre su altar dedicado a la Virgen, apoyado contra una de las paredes rosas del salón. "Nunca se sabe". Gana un mínimo de 900 euros cada semana por una decena de clientes. "Antes de la crisis del 2008, ganaba alrededor de 5000 euros al mes. Ahora, no gano tanto porque trabajo menos. Estoy a punto de retirarme. Ya he cumplido con mis objetivos. Me he comprado seis casas en Ecuador y he sacado a mi familia de la pobreza".

El año que viene, dejará todo esto para siempre. "No quiero acabar sintiéndome vacía. Lo que quiero es sentirme viva". Planea regresar a su país y abrir un servicio de catering o de estilista personal. Echa de menos Ecuador. La última vez que volvió a casa por Navidad, llamó a la puerta del despacho de su tía, en su antiguo colegio. La directora abrió la puerta. Wendy se sobresaltó. La mujer la observó sin reconocer al niño al que ella había humillado. ¿Se hizo la ignorante? ¿Tal vez por vergüenza? ¿Por culpabilidad? A Wendy le gustaría creer que es así. "Poco importa", dice. "Yo ya he cumplido mi sueño. Puedo morir tranquila porque sé que extrañaré a mi familia y amigos". De ahora en adelante, las miradas se posarán sobre Wendy en aquella calle de su niñez. Está convencida de que el pequeño Leo estaría orgulloso de la mujer en la que se ha convertido.

* Se han modificado los nombres para preservar la privacidad de la protagonista y de su entorno.

Una historia contada por Matteo Maillard e ilustrada por Manon Baba.

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El medio de comunicación Sans A_ es el responsable de la elaboración de este retrato. La misión de este medio es dar visibilidad a los que son invisibles y apoyar la causa de las distintas comunidades. La sexta temporada de Sans A_ lleva el nombre de «Las putas hablan». Mediante una serie de retratos, el medio da la palabra a aquellos que viven la prostitución. Puedes descubrir la nueva temporada en www.sans-a.fr.